"Existen turbias aguas en las que no merece la pena bucear. Encontrarás dolor rebuscando en el pasado. La vida se disfruta en el presente, piensa sólo en un paso más y haz las locuras que puedas recordar con una sonrisa.
Si el odio, el rencor y la venganza permanecen sumergidos en esas aguas, pueden llegar a frenar tu camino. Levanta la cabeza. Los pozos solo tienen una salida. Permite que te la muestre, sígueme hacia la luz y disfruta conmigo del viaje."
LeGNa
El río muerto – Capítulo 7
A los pocos días, para celebrar el reencuentro y como pretexto para volverse a ver, fueron juntos a comer a un poblado en la costa. Se encontraron en un pequeño mesón cerca del embarcadero. Debían proseguir con la búsqueda, descifrar un paso más de ese extraño mapa.
Como empezaba a ser habitual, comieron y bebieron grandes cantidades de vino hasta desinhibirse del todo. Juntos, volvían a reir como nunca lo habían hecho y es que Ginna tenía todo lo que el guerrero podía desear de una mujer. Después de la comida siguieron conversando, mientras paseaban por el embarcadero. El crujiente muelle de madera gemía con cada paso, con cada ola que golpeaba su base. Se detenían de vez en cuando, para observar a los navíos atracados ahí. Posiblemente necesitarían uno más adelante. Todo dependería del resultado que les diese, el siguiente paso de ese retorcido mapa.
Sin pensárselo dos veces Ginna, de un potente salto, se subió a uno de ellos. Era un pequeño pero potente velero. Se dio un par de vueltas sobre la borda, observándolo con todo detalle y haciendo gestos en dirección al bárbaro, le mostró todas sus cualidades como capitán de navío. Ella, hace un tiempo, había sido pirata, navegando y surcando los mares en busca de tesoros. Estuvo viajando en una pequeña fragata, de mayor tamaño que en el que se encontraba ahora, pero por desavenencias con el capitán, dejó esa dura vida, sustituyéndola por aventuras en tierra firme. Nunca más se supo de ese capitán desde la noche en que ella abandonó el barco. Algunos dicen que Ginna le envió a visitar de cerca a los Dioses. Pero eso sólo era habladurías populares, en tabernas de borrachos.
Al atardecer, después de haber ingerido grandes dosis del potente vino, observaron el mapa de nuevo tratando de encontrar una pista más. El bárbaro se había quedado estancado en ese punto, desde hace algunos días. No entendía cual era el camino a seguir. Por un momento estuvo a punto de mostrarle todo el plano a Ginna. Se lo pensó dos veces y escogió enseñarle solo la parte donde él se había estancado. Según la hechicera, ella le ayudaría a conseguir el tesoro.
Por los dibujos parecía un río de muerte. Pero los ríos que el conocía tenían vida, sus aguas corrían cargadas de ella y si fuese un pantano alargado estaría dibujado arriba, en la zona de las montañas y no desembocando en la costa. Al ver el trozo del mapa, Ginna se puso a dar saltos de alegría, sabía exactamente de que río muerto se trataba. De pequeña le habían advertido sobre esa zona. Contaban espeluznantes historias acerca de ese rio de muerte.
La impulsiva chica salió disparada hacia su caballo, montándolo de un salto. El guerrero siguió a toda prisa a Ginna, cabalgando tras ella hasta ese punto. El vino les aceleraba el pulso, haciendo de ese momento, todo un derroche de adrenalina. Al llegar a la zona encontraron vestiduras, armas, escudos, incluso huesos humanos... parecía que varios guerreros habían pasado por ahí y algo o alguien les había hecho salir corriendo demasiado deprisa. Quizás solo lo habían colocado para asustar a los viajeros.
Dejaron los caballos ante la espesura del bosque y continuaron a pie. Poco a poco, a medida que se acercaban, empezaron a sentir el fuerte olor a podrido que produce una zona pantanosa de esas características. Ese olor a muerte. Y aunque la mezcla de olores era tan fuerte, que hizo que los dos se miraran sorprendidos, el vino había hecho estragos en sus mentes, haciendo que se tomaran todo a risa, lo que les provocó una carcajada, en lugar de la normal repulsión, hacia ese lugar. Animados, siguieron descendiendo por el estrecho y resbaladizo camino, hasta llegar a algo parecido a la orilla del río muerto. El bosque, de repente se cerraba más y más al llegar a esa zona, el sol desaparecía al final del camino y durante el ancho del río, para volver a aparecer justo pasada la otra orilla. Eso les serviría de referencia, pensaron, una guía para poder cruzarlo. El fango tenía un extraño color verdoso, posiblemente por el musgo. La visibilidad se reducía a medida que se acercaban más. El agua podrida, escondía la profundidad que tenía el río. Su color marrón, verdoso, negro, tan tupido como el bosque y una fina niebla no muy espesa que emanaba del rio, no permitía ni ver, ni intuir que se podría esconder bajo sus aguas.
- ¿Que animales pueden vivir entre toda esa porquería ? Le preguntaba Ginna entre susurros.
- La suciedad y la porquería solo atrae a los pequeños carroñeros y ... grandes ratas. Espero que estén dormidas.
Contestó el guerrero, con una mueca de asco tras su sonrisa, mientras intentando no hacer mucho ruido, desenvainó su espada y lentamente fue hundiendo sus pies en ese putrefacto río.
A los pocos pasos, cuando ya sentía mojados sus rodillas, se detuvo. Creía que Ginna no le seguiría, pero otra vez le volvió a sorprender. Estaba a un par de pasos detrás de él, con el agua alcanzando sus desnudos muslos, cubriéndole por encima de las rodillas. Atenta. Alerta a cualquier movimiento extraño, pero con una sonrisa de oreja a oreja en la cara, que dio más confianza al guerrero. Continuaron dando pequeños pasos, intentando hacer el mínimo ruido posible, parando cada vez que sentían que algo tocaba sus piernas. Si ahí dentro había algo durmiendo, más valía no despertarlo.
Poco a poco el oscuro y espeso liquido iba cubriendo sus cuerpos. Con cada paso, unos centímetros más sumergidos en ese asqueroso río. Pero aun así no perdían el sentido del humor, ninguno de los dos paraba. Seguían adelante controlándose mutuamente. Trabajando como un equipo, iban cubriendo todo el ancho de ese río, a medida que lo cruzaban.
Cuando tan solo quedaban unos 10 pasos para llegar a la otra orilla y con el agua por encima del pecho, el salvaje guerrero se detuvo. Tenia dos opciones por donde seguir y ninguna de las dos le convencía. Escogió la primera, la más cercana y de repente se hundió hasta la cabeza. Salió a flote como pudo, pero ya había hecho mucho ruido. Algo se estaba moviendo a sus espaldas y ninguno de los dos conseguían ver que era. Así que él, se apresuro a llegar a la otra orilla, sin perder de vista a la joven. Ginna escogió el otro lado, con la misma suerte. Se zambulló de golpe, pero la chica también tenía instinto de supervivencia, se valia por ella misma y salió rápido en dirección a la orilla.
- Algo me ha intentado coger! Gritó.
El guerrero le terminó de ayudar a salir, mientras a ciegas, golpeaba con la espada el agua. Una inmensa masa deforme de carne con pelos, se sumergía de nuevo a pocos pasos de ellos.
La salida de ese sucio río subterráneo, tenía forma de escalinata, tallada en la dura roca de la gruta, a unos cuantos metros de profundidad. Una parte de esa escalera estaba sumergida en las oscuras aguas, la otra parte resbaladiza por la humedad, conducía al exterior.
Al llegar arriba y salir de esa cueva, sintieron en sus caras la fresca y salada brisa marina.
¡Estaban en la playa!
Una vez a salvo, se abrazaron sonriendo. Sus corazones aun palpitaban fuertemente. El vino... la adrenalina...y la tensión del momento hicieron que se despojaran rápidamente de sus mojadas ropas, dejándolas tendidas al sol sobre en las rocas, quedando totalmente desnudos en la vacía playa.
Se volvieron a abrazar entonces tiernamente y se besaron apasionadamente.
De repente, la juguetona Ginna salió corriendo en dirección al mar, mientras entre risas llamaba al bárbaro.
- ¡¡ ven a bañarte conmigo!! -Le gritaba. Él se quedo casi embobado, mirando su bello cuerpo desnudo antes de salir corriendo tras ella. Siguiendo las huellas que iba dejando en la fina y caliente arena.
La helada agua no consiguió enfriar sus ardientes cuerpos. Comenzaron a jugar con las olas, a salpicarse y correr el uno tras el otro, hasta volverse a juntar entre sonrisas, para fundirse en otro apasionado abrazo. Puede que por la descarga de adrenalina que les había causado ese pozo, habían pasado ahora, a sentir una voluptuosa excitación que les desbordaba. Los dos jovenes se deseaban constantemente y utilizaban cualquier momento para demostrarselo el uno al otro.
El suave contacto de la piel mojada, los jugueteos dentro del agua salada, los besos, las tiernas caricias... cualquier cosa ayudaba a que esa excitación fuese en aumento. El precioso cuerpo de Ginna ganaba aun más con el brillo del agua, el frío mar provocaba el endurecimiento de sus pezones que se clavaban en el desnudo torso del guerrero, provocando a este una nueva erección. Su alegre sonrisa, mitad inocente mitad pícara y su provocadora mirada, invitaban al bárbaro a seguirla hasta la arena, para una vez ahí, dejarse llevar por todo ese cúmulo de pasión que ella le despertaba.
Después de un largo rato y aunque a priori, pareciese imposible frenar todo ese deseo, los dos jóvenes se calmaron. Estaban ahí por algo, debían primero encontrar una pista más que les acercase al tesoro, así que dieron varias vueltas por ese lugar.
Mirando el horizonte no conseguían ver nada más que agua, fina arena o rocas. Lo revisaron una y otra vez, comparándolo con el mapa. Decepcionados, terminaron por tumbarse en la arena a descansar un poco. Mientras volvían a empezar con sus juegos íntimos, vieron unas marcas talladas en las rocas, que formaban la salida de la gruta del río subterráneo.
Esas marcas estaban sobre una gran piedra lisa, pasaban desapercibidas para cualquiera que no se parase a mirar pues prácticamente ni se veían, posiblemente erosionadas por el viento y la arena de la playa. Los dos aventureros se apresuraron a examinarlas. Durante unos minutos, permanecieron inmóviles frente a esa roca, callados, tratando de descifrar el geroglífico antes que el otro, como si fuese una competición. Pero no lo consiguió ninguno de los dos. Lo máximo que podían decir eran pequeñas suposiciones de su significado pero en ningún caso nada contundente. Sólo simples suposiciones.
Estuvieron discutiendo acerca de lo que intuían que quería decir ese cifrado, tratando de contrastar sus opiniones. El bárbaro hablaba con tanta seguridad que parecía que trataba de imponer a Ginna sus ideas, se mostraba normalmente tan contundente con sus palabras como con su espada y aunque no era esa su intención, pues se sentía tan perdido como ella, Ginna se terminó molestando.
Él intentó explicarle, que simplemente trataba de encontrar una solución lo antes posible, pero era ya demasiado tarde. La amazona estaba harta de no ver resultados que le compensaran, sentía que perdía el tiempo y solo veía promesas vacías. Dejó de creer en ese tesoro una vez más y al final, cogió sus cosas, soltó tres gritos al bárbaro y comenzó a caminar por la arena.
Este se encogió de hombros y resignado e impotente, se quedó viendo como Ginna se iba. Casi la había perdido de vista cuando algo en su interior se retorcía y esta vez no era pasión. La marcha de Ginna, le estaba provocando una mezcla de rabia y angustia. Empezó a sentir ansiedad por esa chica, a enloquecer en cólera, hasta que de la rabia alzó su espada y golpeó a la maldita roca, tratando de culparle, por haber sido el motivo de discusión. Esta se partió en dos cayendo hacia ambos lados.
Puede que el destino este escrito, que las cosas pasen porque tienen que pasar así o que simplemente, fuese una mera coincidencia, pero bajo la roca partida había un nuevo dibujo grabado. No entendía nada, solo sentía. Lo veía de nuevo claro. Más adrenalina. Necesitaba a Ginna y ella estaba muy lejos para oir sus gritos y risas. Corrió con todas sus fuerzas por la caliente arena.
¿Se había alejado demasiado rápido o se había quedado embobado mirando el grabado demasiado tiempo?
Sus pies se hundían hasta los tobillos con cada nueva zancada, pero seguía corriendo mientras pensaba:
-¿ que hago corriendo tras una mujer? Debería dejar que se marche para siempre y dedicarme sólo a buscar el maldito tesoro.
Pero, aun con esas, no se detenía. En el fondo sentía que esa chica le atraía con tanta fuerza, que no sería fácil desprenderse de sus sentimientos, simplemente, estaba tratando de justificarse con esa búsqueda del tesoro, pero prácticamente perdía todo el sentido, si no lo conseguía con ella.
A lo lejos divisó su figura. Grito varias veces su nombre pero Ginna, estúpidamente orgullosa, no llegó ni a girarse. El guerrero paró desconcertado, cogió aire y con más rabia siguió corriendo hasta darle alcanze. Rápidamente, ella sacó su espada apuntando hacia el bárbaro de forma amenazante, pidiéndole que se marchase, que le dejase tranquila. Él no daba crédito. ¿Como se puede ser tan testaruda?
Era más orgullosa y cabezota de lo que él se había imaginado, posiblemente consecuencia de la edad.
Se conoce, que por un momento el guerrero estuvo a punto de dejarle marchar. Siguió caminando en silencio junto a ella. Era la primera vez que hacía algo así y desconcertado, no sabía que era lo mejor que podía hacer. Pero siguió. A pesar de molestar a Ginna, que iba protestando sin decir nada, entre soplido y soplido, refunfuñando entre dientes, mientras el bárbaro continuaba a su lado, seguiría caminando durante mucho tiempo, hasta que al final, después de muchos minutos, la persistencia del salvaje le hizo reaccionar.
Ella paró, le miró. Él disimuladamente hacía ver que disfrutaba del paisaje, casi sonriendo, pero esperando su reacción. Al final había conseguido sacar una leve sonrisa a la chica. Los dos se sentaron. Acerco lentamente su mano a la mejilla de la amazona y le acarició dulcemente, sin decir nada aun, sonriendo con la mirada.
Estaba caliente, acalorada de la caminata, enrojecida. Le hacía mucho más bella. Él mucho más enamorado.
- Tengo la siguiente pista. - Le dijo con dulzura
Pero Ginna estaba aun demasiado rabiosa para escuchar. No quería saber nada del maldito tesoro. Le estaba agobiando demasiado, le daba igual ya. En el fondo ni siquiera creía que existía. Juntos regresaron al poblado donde estaba la fiel compañera del guerrero. Sus saltos de alegría al verlos, carantoñas y juegos, hicieron que Ginna recobrase el humor. Los animales le podían. Los veía tan nobles, tan sinceros... terminaron pasando la noche juntos, los tres. Resolviendo sus problemas a golpes de cariño, de ternura, de pasión. Algo les ataba interiormente. Mucho más de lo que ellos querían o creían. Por más que lo intentasen, nada lo podía frenar.
Al amanecer, la chica le propuso al guerrero visitar la gran ciudad. Allí una vez al año hacían una fiesta que reunía, desde lejanas tierras, a magos, poetas, bailarines, bufones y algún que otro payaso. Cuando empezó a celebrarse, únicamente asistían verdaderos magos o hechiceros , de ahí que se llamase Hipnosys, pues era una de las artes que ellos utilizaban, aunque poco a poco se fueron congregando todo tipo de personas dedicadas a divertir y entretener a los ciudadanos.
La chica se debía encontrar con el gran Hechicero Negro. Al bárbaro le pareció buena idea y sin llegar a comentarlo con ella, pensó que ese mago les podría ayudar con la siguiente pista del tesoro.
Cabalgaron hasta la gran ciudad. Al llegar, vieron el imponente castillo que gobernaba desde lo alto de la montaña. Sintieron que la tranquilidad del bosque se rompía con el bullicioso ir y venir de la gente, que como hormigas en su hormiguero no paraban de moverse de un lado a otro, sin saber bien hacía donde se dirigían. Ellos se mezclaron entre el gentío, pues el bárbaro tenía puesto "precio" a su cabeza en esa ciudad y debía pasar lo más desapercibido posible.
Llegaron caminando hasta la plaza donde se celebraba el festival. El sonido rítmico de los tambores, les guió hasta allí. En la entrada de la plaza, se podían ver como los equilibristas entrenaban una y otra vez sus acrobáticas piruetas, mientras los asistentes, miraban embobados y de vez en cuando les aplaudían. Al entrar estuvieron observando extrañas pintadas en las paredes de las casas. En una de ellas, el guerrero vio un dibujo muy parecido al que marcaba la siguiente pista. Sonrío con una potente carcajada ante la mirada de asombro de Ginna, él sabía que el destino le había llevado ahí por alguna razón y ahora entendía el porqué.
El rítmico tambor, parecía marcar sus pasos hasta un pequeño escenario donde poetas lanzaban sus versos con prepotencia, en pro y contra una serie de creencias políticas, formas de gobierno y de vida. El bárbaro se sentía perdido entre esa gente, aunque el ritmo de esos bombos le encendía por dentro. Ahora, sabía que estaba en el lugar adecuado y solo debía esperar.
Al cabo de un largo rato, apareció en el escenario el gran Hechicero Negro. Soltando un extraño sermón, acelerando el ritmo de sus palabras, pidiendo la colaboración de los asistentes... Por lo visto, no era Ginna la única que había ido a verle, numerosas personas se acercaron corriendo y comenzaron a levantar sus brazos como hipnotizados. Al guerrero le recordaban otros tiempos, en los que un líder provocaba el delirio de las masas, pero nada tenía que ver.
Los fieles seguidores acompañaron los cánticos del Hechicero Negro. Ginna no dejaba de sonreír y el guerrero no podía parar de mirarla. Ella le estaba hipnotizando a él con su belleza, con su preciosa sonrisa, que le hacía sentirse orgulloso y feliz.
Cuando terminó la ceremonia el hechicero desapareció y no pudieron hablar con él. Al bárbaro, le extraño que no hubiesen hecho ningún sacrificio típico de una chica virgen con lo exaltados que parecían. Daban miedo. Por suerte Ginna no lo era, pero tampoco hubiese dejado que ese Hechicero Negro de blanca y sonriente dentadura se la llevase. Pasearon por los tenderetes, observando todo lo que les ofrecían. Pero su dinero comenzaba a escasear y no podían realizar ninguna compra. Aun así, los miraban, hasta que al final en uno de ellos, el guerrero volvió a ver algo que le llamó la atención, era algo que anunciaban en un cartel que le conducía y aclaraba la siguiente pista.
Esa noche, tumbados junto a una pequeña hoguera, recibiendo el calor del fuego, hablaron sobre sus preocupaciones. La búsqueda del tesoro empezaba a ser frustrante para los dos, pues requería mucho gasto y se obtenían pocos beneficios hasta el momento. Ginna se divertía junto al guerrero pero se sentía obligada a seguir un camino que ella no decidía, deseaba conseguir ese tesoro pero no le gustaba depender de un mapa en el que no confiaba. Él trataba de motivarle, intentaba convencerla para que no abandonase. Sabía que le necesitaba a ella, lo presentía. Solo ella le conduciría hasta ese tesoro. Pero a veces él mismo dudaba si se estaría equivocando de mapa, si las pistas no serían las correctas o si todo junto no sería una perdida de tiempo. Y aun así continuaba teniendo fe, creyendo que luchando juntos lo encontrarían. Sabía que dando los dos todo, el uno por el otro conseguirían llegar hasta el objetivo.
Pasaron los días y los dos jóvenes continuaron divirtiendose juntos. Dejándose seducir el uno al otro, entregándose al placer, al creciente cariño y la confianza mutua. En más de una ocasión el guerrero trataba de hablar acerca del tesoro, pero Ginna le silenciaba a golpes de pasión. No quería correr, quería saborear cada instante al lado del bárbaro y temía que esa búsqueda del tesoro le separase de él. La chica se sentía bien así, tal como estaban. Sus sentimientos hacia el bárbaro se despertaban lentamente, no deseaba forzar una situación, pero poco a poco a la vez que aumentaba la confianza en el guerrero más curiosidad sentía por ese tesoro y su mapa del que él tanto hablaba. El bárbaro, trataba de mostrárselo como un juego de inteligencia, intentando conseguir el interés de la chica en las pistas que había encontrado. Empezó a explicar a Ginna, todas las inscripciones que había conseguido para hallar la siguiente pista del tesoro.
En las rocas de la salida del río muerto, había encontrado escrito en una antigua lengua, la siguiente inscripción:
" EN EL DÍA DE LOS MUERTOS VIVIENTES,
ALLÍ DONDE SUFREN EN EL SUELO,
EL HOGAR DEL CULTIVADOR DE ALMAS
GUIARÁ CON SUS FRUTOS EL CAMINO "
Había consultado con varios sabios acerca de la traducción de esa inscripción y esa era la más aproximada que había conseguido, pero aun así, no estaba seguro de que fuese la correcta. Lo analizó durante un tiempo, hasta que creyó disponer de pistas claras que le conducirían un paso más hacía ese tesoro.
“En el día de los muertos vivientes”
El guerrero disponía de tiempo suficiente, pues tenía entendido que ese día estaba próximo. Sabía que en algunos lugares se celebraba, en la llegada de la caída de las hojas, un día dedicado a los muertos, donde las historias contaban que las almas volvían a este mundo. Continuó explicando a Ginna sus intuiciones acerca de esa inscripción, analizándola junto a ella una vez más.
“allí donde sufren en el suelo,
el hogar del cultivador de almas”
El bárbaro había tardado varios días en saber de que se trataba ese trozo del rompecabezas, hasta que al final vió algo en el cartel de la feria de magos, que le hizo recordar.
Hacía mucho tiempo atrás, en una cercana aldea vivió un enfermo hombre, un loco, un demente, al que llegaron a llamar el agricultor de muertos. Era un hombre solitario, muy alto, de constitución delgada pero fuerte, de espalda curvada a consecuencia del castigado trabajo del campo. Vivía a las afueras de esa aldea y solo entraba en ella para realizar algunos trueques con sus enormes calabazas, el fruto que sembraba.
Portaba siempre una afilada y curvada hoz en su cintura, de harapientas vestiduras que desprendían olor a la tierra húmeda con la que trabajaba. Su pelo gris canoso, largo salía desde la mitad de su cabeza dejando al descubierto el resto con una brillante, bronceada y grasienta calva que trataba de disimular con cuatro pelos que cruzaba de lado a lado. La arrugada expresión y su perdida mirada mostraban a un hombre que no estaba muy cuerdo, posiblemente a causa de esa soledad.
La guardia real investigó las desapariciones de cientos de mujeres jóvenes a lo largo del reino, hasta llegar a él. Entraron en su guarida y le descubrieron con las manos en la masa. Cuentan que los aterradores gritos de la última chica hicieron temblar incluso a la valiente guardia real. El maníaco tuvo tiempo de escapar ante su asombro, huyendo dirección a la costa, perseguido por un numeroso grupo de aldeanos con ansias de venganza. Llegó hasta un acantilado y temiendo el linchamiento popular, terminó con su vida saltando al vacío, estrellándose contra las rocas del mar.
Las autoridades y varios voluntarios buscaron durante días su cuerpo pero no lo llegaron a encontrar, posiblemente fue pasto de los tiburones de ese cabo, pues nunca llegaron a saber nada más de aquel pobre diablo, el agricultor de muertos.
El bárbaro continuó explicando a la atenta chica, que con asombro le miraba, acariciando al guerrero y mostrando con sus gestos un gran interés por la historia que le contaba.
Ese nombre, "el agricultor de muertos" se lo pusieron después de desaparecer, para asustar a los niños de las aldeas. Ese pobre loco, seguía una extraña tradición que solo se sigue en algunas pequeñas comarcas, seguidoras de raras religiones. A los muertos los metía bajo tierra. Creía que al enterrarlos sus campos se volverían más fértiles. En ellos plantaba calabazas y a juzgar por el tamaño de estas, no estaba muy equivocado con esas técnicas. Se dice que en aquella casa encontraron enormes y variadas calabazas con terroríficas caras grabadas y que ese maníaco utilizaba como lamparas, introduciendo una vela dentro de ellas. Al hacerlo podía ver bailar en las sombras, las caras de sufrimiento de las almas que había enterrado en esos campos de fructíferas cosechas.
También creía que las almas de esos muertos no le atormentarían quedando atrapadas bajo tierra, pues eran sus muertos, él los había torturado y asesinado de la forma más cruel y dolorosa.
Un escalofrío recorrió la espalda de Ginna al terminar el guerrero el relato. Asombrada por la historia que desconocía, asintió y creyó que el bárbaro había dado con la pista correcta. Debían echar una ojeada a la casa de aquel pobre loco y lo deberían hacer rápido pues pronto sería la noche de los muertos. La última frase no sabían exactamente a que hacía referencia, pero intuían que tendría algo que ver con esas calabazas. Sin perder más tiempo, decidieron ir a visitar la aldea. Dadas las supersticiones, escogieron ir al amanecer.
Cabalgaron durante todo el día y noche sin apenas descansar. Mentalmente Ginna iba recordando la historia que había escuchado, pensativa y temerosa de saber a lo que se iban a enfrentar. Al llegar a la aldea, tal y como habían calculado, el sol les empezaba a saludar tímidamente. Estaba amaneciendo y los habitantes despertaban y comenzaban con sus tareas diarias. Preguntaron por la aldea a varias personas, pero nadie parecía saber nada acerca de esa historia, nadie quería oír hablar de ese hombre y mucho menos con la llegada tan cercana del día de los muertos.
Al Owen ! ! interrumpió un anciano. El señor Al Owen, ese era el nombre del que preguntaban. Una vez más empezó a relatar la historia que el bárbaro había explicado a Ginna, pero esta vez con todo tipo de detalles. Ese anciano parecía haber conocido personalmente al tal Owen. Se ofreció a acompañarles hasta la finca de las afueras, donde vivió aquel monstruoso ser, advirtiéndoles que no entraría en esa maldita casa y les aconsejaba que ellos tampoco lo hiciesen. Poco a poco, a medida que avanzaban por el camino hacia el sendero que conducía a esa extraña mansión, el cielo se empezó a oscurecer, el olor a humedad avecinaba tormenta.
Al llegar a ese cruce, el anciano pidió disculpas por su temor, por su cobardía, "el cementerio esta lleno de valientes" dijo justificandose y se marchó.. Los dos guerreros se quedaron un momento fuera, observando desde el vallado las apiladas calabazas junto a un inmenso campo lleno de abiertas tumbas. Posiblemente alguien se hubiese adelantado a ellos, pues la tierra permanecía húmeda, había sido removida por algún ser sin escrúpulos, posiblemente interesado en encontrar objetos de valor que robar a los muertos.
Se acercaron por el sendero de piedras hasta la entrada principal, dejando las tumbas a ambos lados, sin quitarles la vista de encima. Al llegar junto a la mansión, observaron como una inmensa y tupida telaraña, cubierta de polvo, tapaba puertas y ventanas, impidiendo ver el interior.
– aquí hace muchísimo tiempo que no entra nadie.-Comentó la observadora Ginna, mientras con la punta de su espada empezaba a quitar las telarañas desde una distancia prudencial.
– Es raro que esos saqueadores de tumbas no hayan intentado entrar en la casa, posiblemente tengan más cosas que robar aquí dentro que en esos cadáveres putrefactos.
Ginna, demostrando su valor, abrió la puerta delicadamente, dejando que un largo y agudo chirriar sonase poco a poco mientras se abría. El bárbaro permanecía inmóvil, observando detrás de ella. Tenso. Su mano se agarraba a la empuñadura de su espada con fuerza mientras pensaba.
“Puedo vencer a cualquier enemigo. Cualquiera que sea capaz de sangrar morirá ante mi espada pero esto... parece que todo lo que haya aquí dentro... no tiene pinta de tener mucha vida”
Un potente y atronador ruido rugió en el aire, rompiendo con una brillante luz, el cielo en dos. Sobresaltó a los dos guerreros, empezaba a tronar, relampagos caían con rabia y a los pocos segundos el cielo descargó una potente tormenta con furia. Los Dioses parecían enfadados y a pesar de eso, no tenían elección, deberían entrar en esa misteriosa casa para protegerse cuanto antes, aunque no estaban seguros de donde corrían más peligro si dentro o fuera.
El fuerte olor a cerrado, a óxido, a muebles viejos y humedad les envolvió nada más cruzar el umbral que les separaba de un mundo al otro. El frío parecía crecer de puertas para adentro. Las paredes pintadas aun con sangre seca mostraban extrañas marcas sin sentido. Un tipo de escritura desconocida para los dos aventureros.
La casa desde la entrada se partía en dos. Un largo pasillo con puertas a cada lado dividía los dos trozos. Empezaron a caminar hacia su izquierda, debían encontrar pronto la pista pues no se sentían cómodos en esa misteriosa casa.
Llegaron a la cocina, sucia, grasienta, llena de cuchillos de carnicero de distintos tamaños y estilos en el hogar de un agricultor no pintaban mucho. Todo les recreaba el relato que habían escuchado del anciano. Imaginaban a se maníaco torturando y mutilando a sus victimas. Cuanto más sufren, mejor cosecha se obtiene, les decía el viejo. Al llegar al fondo del pasillo encontraron una puerta cerrada. En la sucia madera se podía ver algo escrito, esta vez en una lengua conocida:
" Haz lo que yo haga,
piensa como yo pienso,
observa lo que yo miro."
De nada aclaraba esas palabras todo ese desorden, toda esa crueldad. De una potente patada, el bárbaro tiró la puerta abajo. Cada vez estaba más tenso, su estomago rugía, estaba cansado para seguir con estos juegos extraños y quería salir de ahí cuanto antes. Ginna por contra parecía calmada. Observaba todo atentamente, cogía al bárbaro del brazo mientras comentaba lo que iban viendo.
Al entrar en esa estancia, vieron que se trataba del dormitorio de ese ser. Calabaza colgadas por todos lados, con diversas caras, grabadas a cuchillo, a cada cual más tenebrosa. Ginna las fue observando una a una. Cada una de esas caras miraba en una dirección distinta, no tenía ningún sentido todo aquello y debía encontrar rápido la pista. Trato de pensar como ese loco. Ponerse en su piel, entrar en su perversa mente.
De repente encontró una calabaza con la cara marcada, pero esta no estaba agujereada. Posiblemente era la última que iba a hacer el tal Owen. ¿Quien diablos podía descansar en ese dormitorio? se preguntaba el bárbaro caminando de lado a lado por la estancia, como un tigre enjaulado, mientras la chica iba haciendo sin hablarle. Se tropezó con algo en el suelo. Acercó la antorcha que portaba y vio que se trataba de un aro para abrir la trampilla que estaba pisando oculta por la suciedad.
Al abrirla una nube de polvo les hizo toser. Las telarañas mostraban, el tiempo que hacía que nadie bajaba por las escaleras que se escondían tras la trampilla. Descendieron lentamente. Grotescos dibujos pintados, arañazos en las paredes de la entrada a esa estancia y un fuerte olor a sangre seca sugerían que posiblemente era ahí donde había asesinado a todas sus víctimas. En el centro de esa estancia había una especie de altar, una caja de mármol donde cabía una persona. ¿Algo que estaba creando ese loco para su posible muerte? Seguramente, pretendía ser enterrado en ese ataúd al morir.
Pasaban las horas, los dos jóvenes seguían mirando los diseños de esas pintadas, intentando encontrar la pista que les faltaba. Habían perdido ya el respeto que les causaba estar en esa mansión. Pronunciando en alto una y otra vez, tanto la inscripción como la pintada del loco.
"EN EL DÍA DE LOS MUERTOS VIVIENTES,
ALLÍ DONDE SUFREN EN EL SUELO,
EL HOGAR DEL CULTIVADOR DE ALMAS
GUIARÁ CON SUS FRUTOS EL CAMINO"
"Haz lo que yo haga,
piensa como yo pienso,
observa lo que yo miro"
El bárbaro empezó a dar vueltas y pensar en alto para él mismo, refunfuñando e intentando animarse mientras continuaba caminando de un lado a otro.
– Ya te dije que la búsqueda de ese maldito tesoro no sería nada fácil. Muchos son los que han abandonado y a mi también me dan ganas de enviarlo todo a ..... pero sigo aquí, con rabia pero sigo... luchando por ese tesoro. Espero que merezca la pena... sino....
Ginna en cambio empezó a jugar con su cuchillo y la calabaza aun sin cortar. Introduciéndolo una y otra vez, con delicadeza, siguiendo las marcas de la cara que había dibujado ese repugnante ser, hasta tenerla hecha por completo. Al poner una vela dentro y encenderla sonrió, lo entendió todo de golpe.
Piensa como yo pienso, haz lo que yo hago. Acababa de terminar la obra del loco. Ahora solo faltaba saber hacia donde miraba para observar lo que el veía. Rápidamente gritó al bárbaro:
-Hacia donde queda el mar?
El guerrero señalo en una dirección. Ginna apoyó la calabaza encima de la tumba del Sr. Al Owen y giró la cara de ésta en dirección al mar.
En la pared del frente, pudieron ver un dibujo, uno de los ojos de la calabaza parecía tener forma de luna, el otro era
redondo en forma de sol, más abajo había una especie de cordillera que formaba la sombra de la boca, con tres pronunciados picos que eran los dientes y por último, la nariz simulaba una flecha hacia abajo, señalando uno de esos picos. El bárbaro soltó una carcajada mientras decía:
- Maldita chica! Me encantas! Sabía que te necesitaría a ti para encontrarlo! Eres muy lista Ginna. Se exactamente que señala esa especie de marca. Se donde esta ese pico y que hay ahí, en ese lugar. Solo debemos ir a recoger nuestro tesoro!!! aunque no te ilusiones mucho... quizás sólo es una pista más para llegar a él.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

Es increíble la imaginación q tienes... como describes cada instante, cada mirada, cada movimiento... como nos haces partícipes de estas aventuras. Como sentimos sus temores, como vemos cada uno de los jerogríficos con nuestros propios ojos... como sufrimos por descubrir cada una de las pistas...
ResponderEliminarTe puedes creer q hasta he sentido como toda mi piel se erizaba al entrar en esa casa? me daba hasta respeto seguir leyendo, igual q nos sucede en la vida... (el temor nos ciega, el temor a saber la verdad, el miedo a q no sea lo q realmente deseamos)
Es un cuento con fondo, con valores y con mucho encanto... o misterio... mejor digo con amor. Es mucho más q una simple historia narrada con encanto.
Felicidades, querido guerrero, por este nuevo capítulo de este cuento ya terminado.
PS: el cementerio está lleno de valientes... q frase tan cierta... En el mío, por lo menos, si hay mis valientes... luchadores.
ya terminado! :(
ResponderEliminar¿Espejismo o realidad?La respuesta es una mezcla de talento y grandes dosis de autoestima.Ganas creencias con tu estilo propio.La publicidad insiste en que nos guste la bestia!Y nos gusta....La belleza vive de la mesura,del equilibrio...Y en el sexo¿no son estas cualidades una ventaja?Quizas la clave de tu exito es tu estilo,el encanto y hacer creer que se es el mejor amante...
ResponderEliminarYa solo le queda por conseguir la dama blanca ...
ResponderEliminar