“ ...y del encuentro entre dos bestias dominantes sólo puede surgir la respetuosa muestra de indiferencia o un encarnizado y sangriento combate. Aunque a veces, en muy pocas y raras ocasiones ese enfrentamiento puede derivar en la más salvaje atracción. “
LeGNa
Salidas de la profundidad de los sueños de una perversa mente y que sólo se conoce mediante los cuentos que padres comparten con sus hijos, narran historias tan ocultas que creen que nunca llegaron a existir. Cuentan los sabios ancianos, que hace muchos años en una era perdida vivió una mujer.
Apareció de la nada, cabalgando en su caballo, sin montura, con la habilidad que sólo las amazonas de las altas colinas poseen. Pero no era como ellas. De hecho no era como ninguna de las mujeres que había conocido hasta ese día.
No era una mujer normal, la gente lo presentía sólo con verle pero ella aun no sabía que era lo que tenía que la hacía diferente, solamente sabía que esa diferencia provocaba muy distintos efectos en las personas que conocía y esos efectos no paraban de darle problemas, uno tras otro.
Era una joven amazona, de largo cabello que al montar flotaba libremente en el aire, de una forma tan independiente como lo era ella. Su exótico rostro, alegremente bello, estaba cubierto por un fino manto de ingenuas pecas que contrastaban con su inteligente mirada salvaje. En el brillo de sus ojos se podía ver desde los destellos de la tranquila sabiduría de los ancianos, hasta el ardiente e intimidador fuego encolerizado del infierno. Sus carnosos labios acompañados de una cómplice sonrisa atenuaban esa dura expresión y le hacían parecer más asequible. Su escultural y firme figura describía a simple vista su joven edad aunque había quedado su adolescencia años atrás. Un cuerpo dorado por el sol, endurecido por las continuas aventuras y batallas, tan fuerte como la personalidad que ella poco a poco estaba forjando a golpes de un tortuoso pasado.
A la primera caricia que recibía se tensaba, tanto para reaccionar en segundos y atacar como una pantera o retorcerse de placer en solitario, pues como casi toda bella mujer había sufrido en muchas ocasiones la envidia del resto de las mujeres, pero sobre todo los intentos de abusos por parte de muchos de los desconocidos hombres que se cruzaban en su vida. Eso hacía que siempre estuviese alerta, siempre intranquila, a la defensiva, manejando a la perfección las distancias entre ellos.
Su infancia no fue la que ella habría deseado para sus hijas, su juventud se encargó de endurecerla hasta que llegó a crear una muralla en su interior por la que pocos, muy pocos hombres conseguían pasar. Así lo quiso el destino, así lo necesitaba ella. De esta forma se sentía segura pero tristemente le mantenía tan protegida como aislada.
Ese caluroso día, al anochecer, cruzó el desolado poblado paseando entre sus calles cubiertas de suciedad , recibiendo como única bienvenida los azotes de un caluroso y asfixiante aire en su cuerpo medio desnudo. Llegando hasta un oscuro y siniestro callejón, al final había un podrido rotulo medio descolgado, en él se podía ver un corazón metido en una especie de tela de araña tallado en la ruinosa madera, parecido a los tatuajes que los aventureros marineros se hacían al llegar a puerto.
Había llegado a su destino. El letrero anunciaba la taberna de extraño nombre:
" EL CORAZÓN ATRAPADO "
-Burlón nombre para un sitio que poco tenía que ver con los corazones, un sitio lleno de borrachos, bravucones, rameras que exhibían sus cuerpos ofreciendo sus servicios a cambio de unas pocas monedas o un trago, piratas, asesinos, ladrones y demás gentuza que se ocultaba ante la impotente guardia real que no se acercaba por esa zona. Poco tenía que ver con la vida ese antro de mala muerte, pensó ella.
Estaba sedienta del viaje, cansada, el polvo del camino pegado en su garganta le hacía necesitar el néctar de los frutos pisoteados por monjes, la sangre de los dioses. Lo imaginaba ella sin haberlo saboreado aun mientras trataba de mostrar una forzada sonrisa. Necesitaba reírse recordando sus aventuras, volver a beber para olvidar, deseaba ese delicioso vino que cultivaban los religiosos. Desde fuera de la taberna podía oler ese dulzón aroma mezclado con el intenso olor a ocre de los orines del callejón, pero ahora nada le detenía, el destino le había llevado ahí.
Descabalgó y camino hacia la puerta mientras podía oír las risas, los golpes y los gritos del interior. No se detuvo al cruzar el umbral de la entrada, golpeando la húmeda y podrida madera de la puerta tal y como lo había hecho las últimas veces que había ido a visitarla. Desde hacía varios años, en ese lugar se encontraba con una de las rubias sacerdotisas pertenecientes al Templo del Sol. Esa mujer la salvo hace tiempo, cuando estaba moribunda y mal herida de su último combate. Aparte de curarla, la adiestro en el noble arte de los arqueros, tratando de potenciar su paciencia y temple dominando el arco, una de sus armas preferidas. Desde entonces cada vez que conseguía un botín extra o alguna preciada joya, le visitaba haciéndole una ofrenda a ella y a sus dioses como agradecimiento.
Entró con paso firme y seguro, con la espalda estirada sacando a relucir orgullosa sus encantos de mujer, siguiendo con la amenazadora mirada de una pantera sedienta de sangre a todos esos desconocidos ojos que recorrían su cuerpo tratando de desnudarle de arriba a abajo. Se dirigió a la barra del apestoso antro apartando a empujones, siempre con una desafiante mano apoyada sobre su espada, a los babosos y pesados que día tras día se le acercaban y empezaban a piropearle grotescamente ofreciéndole cualquier cosa para conseguir tanto su atención como los favores de su cuerpo.
Pidió la primera ronda mientras empezada a contar sus batallas al corrillo de babosos que se le había formado alrededor, hablando de sus locas aventuras, botines ganados, de preciosas joyas, tesoros robados, duelos y combates con unos y otros, mientras pagaba con monedas doradas una tras otra las copas que le permitían olvidar otro mal día.
De repente sonó una profunda voz al fondo de la taberna como un trueno que le hizo girarse de golpe. Algo o alguien había llamado su atención. Su cuerpo se contrajo mientras giraba en dirección a aquella mesa repitiendo mentalmente las palabras que había escuchado de ese extranjero.
Estaba sentado en una de las mesas del fondo, en la zona más oscura de la taberna, donde se realizaban todo tipo de intercambios, tráfico de extraños objetos e incluso los contratos de sicarios.
El extranjero hablaba con un personaje encapuchado por una piojosa túnica oscura como la de un monje, no se le veía la cara y su instinto le decía que ese ser no era religioso. Sostenía entre las manos una especie de papiro, un posible mapa y una bolsa llena de monedas.
Ella volvía a repetir las palabras mentalmente mientras se dirigía hacia ese bárbaro, extrañas palabras que no concordaban con su tosca imagen.... "algo muy bonito... el mayor de los tesoros..." creía haber escuchado.
Disimulando se fue acercando poco a poco, con una copa metálica cargada de tinto vino en la mano, mientras veía como entre esas dos personas se terminaba de llevar a cabo el intercambio y el enigmático monje desaparecía como la niebla, corriendo callejón arriba al salir de la taberna, con la bolsa de monedas en su mano.
El extranjero, evidentemente no era de ese poblado, estaba sentado, la silla inclinada hacia atrás manteniendo el equilibrio en sus dos patas traseras. Su cuerpo alumbrado tan sólo por la tenue luz de una vela reflejaba juventud. No era el más grande ni el más fuerte del local, no le temía, de esos ella había derrotado a muchos, pero cuando cruzó su mirada con él sintió algo que la penetraba intimidándola. Su mirada era fría, directa ,como la de una serpiente cuando va a cazar a su presa. Al estar junto a la mesa se dio cuenta que tenía más edad de la que aparentaba, sus ojos enmarcados por las arrugas de la experiencia se lo hacían saber. Por un momento incluso llegó a sentir que él era capaz de leerle el pensamiento.
En su piel tenía inscrita la marca de uno de los ejércitos más sangrientos y temidos pero no portaba su uniforme. Tenía más pinta de mercenario, de ágil y fibrada musculatura como los bárbaros de las montañas aunque sin la frondosa y larga cabellera de estos, sino un pelo corto, muy corto donde no poder agarrarle. Las marcas en su piel transmitían y describían las distintas batallas. Guerrero, ladrón, mercenario, asesino, pirata, caza recompensas...
¿cual de todos es su oficio? ¿O es que realmente lo son todos?, se preguntaba ella.
A pesar de esa intimidante mirada, le transmitía serenidad, la nobleza de los antiguos caballeros, casi amabilidad pero al fin y al cabo algo provocaba su timidez. A pesar de eso sentía que ya lo conocía de antes. Quizás se lo cruzó en otra vida.
La tenue luz de la derretida vela, reflejó la tranquilizadora sonrisa del mercenario, mientras vio como él guardaba rápidamente ese papiro recién adquirido con recelo. Así que intentando mantener la calma entre ambos, ella se terminó de acercar lentamente. Inspiró y consiguió pronunciar algunas frases, reflejando su felina curiosidad:
-¿Que buscas? ¿Que has venido a buscar aquí? ¿Algo bonito? ¿Un tesoro? Quizás yo también busco algo bonito.
Le soltó de repente la guerrera tanteando directamente a ese ser. Sin prestarle atención, disimulando y mirando hacia otro lado, él le contestó con las contundentes y seguras palabras de los salvajes que no pierden un combate.
-Si, puede ser que busque algo bonito, quizás como tú, pero lo que primero busco es tu cara, tu mirada...
Mientras, levantando la vista hacia la estirada guerrera que permanecía en pie y fijando su mirada en la de ella, empujó la silla que tenía en frente ofreciéndosela e invitándole a sentarse con un simple y suave gesto de su mano. Así, sin apartar en ningún momento los ojos de ella, analizándola detalladamente y sin perder más tiempo, continuó diciendo.
-Te estaba esperando mujer, tengo algo que proponerte.
Llenando con una jarra de fresco barro su copa e invitándole a beber en su mesa mientras hablaba, prosiguió.
- Puede que esta vez necesite tu ayuda, repartiremos las ganancias, créeme si te digo que confío en todo el mundo, sólo lo hago una vez así que... no desaproveches tu oportunidad.
Y tirando hacia ella un par de dados hechos con los huesos de algún animal, le terminó diciendo con una sonrisa diablesca un tanto sátira y de una forma casi amenazante.
-me encanta jugar, debes tener muy claro que es lo que estas apostando... conmigo lo podrías perder todo, en cualquier momento, si intentas jugármela preciosa...
Una pausa, un nuevo trago antes de terminar tan seguro como empezó.
- Siempre juego para ganar.
Ella alzó su cuello estirando su espalda y mirándole por encima del hombro, tratando de ocultar su curiosidad y deseo le respondió sin vacilar ni un segundo de la misma forma contundente.
-yo nunca confío en nadie, así que nunca me equivoco, puede que sólo por el interés lo haga en ti hasta que encontremos ese tesoro, pero una vez lo tengamos...
sacando su afilada daga y clavándola en la mesa continuo diciendo
-créeme si te digo que tengas mucho cuidado, pero sobre todo que no confíes en mi...
y guiñándole un ojo a la vez que dejaba escapar una leve sonrisa que ayudaba a romper la tensión del momento. Terminó la frase.
-...hasta que yo no te lo diga.
Capítulo 2 - La Hechicera y la Dama Blanca
LeGNa
Salidas de la profundidad de los sueños de una perversa mente y que sólo se conoce mediante los cuentos que padres comparten con sus hijos, narran historias tan ocultas que creen que nunca llegaron a existir. Cuentan los sabios ancianos, que hace muchos años en una era perdida vivió una mujer.
Apareció de la nada, cabalgando en su caballo, sin montura, con la habilidad que sólo las amazonas de las altas colinas poseen. Pero no era como ellas. De hecho no era como ninguna de las mujeres que había conocido hasta ese día.
No era una mujer normal, la gente lo presentía sólo con verle pero ella aun no sabía que era lo que tenía que la hacía diferente, solamente sabía que esa diferencia provocaba muy distintos efectos en las personas que conocía y esos efectos no paraban de darle problemas, uno tras otro.
Era una joven amazona, de largo cabello que al montar flotaba libremente en el aire, de una forma tan independiente como lo era ella. Su exótico rostro, alegremente bello, estaba cubierto por un fino manto de ingenuas pecas que contrastaban con su inteligente mirada salvaje. En el brillo de sus ojos se podía ver desde los destellos de la tranquila sabiduría de los ancianos, hasta el ardiente e intimidador fuego encolerizado del infierno. Sus carnosos labios acompañados de una cómplice sonrisa atenuaban esa dura expresión y le hacían parecer más asequible. Su escultural y firme figura describía a simple vista su joven edad aunque había quedado su adolescencia años atrás. Un cuerpo dorado por el sol, endurecido por las continuas aventuras y batallas, tan fuerte como la personalidad que ella poco a poco estaba forjando a golpes de un tortuoso pasado.
A la primera caricia que recibía se tensaba, tanto para reaccionar en segundos y atacar como una pantera o retorcerse de placer en solitario, pues como casi toda bella mujer había sufrido en muchas ocasiones la envidia del resto de las mujeres, pero sobre todo los intentos de abusos por parte de muchos de los desconocidos hombres que se cruzaban en su vida. Eso hacía que siempre estuviese alerta, siempre intranquila, a la defensiva, manejando a la perfección las distancias entre ellos.
Su infancia no fue la que ella habría deseado para sus hijas, su juventud se encargó de endurecerla hasta que llegó a crear una muralla en su interior por la que pocos, muy pocos hombres conseguían pasar. Así lo quiso el destino, así lo necesitaba ella. De esta forma se sentía segura pero tristemente le mantenía tan protegida como aislada.
Ese caluroso día, al anochecer, cruzó el desolado poblado paseando entre sus calles cubiertas de suciedad , recibiendo como única bienvenida los azotes de un caluroso y asfixiante aire en su cuerpo medio desnudo. Llegando hasta un oscuro y siniestro callejón, al final había un podrido rotulo medio descolgado, en él se podía ver un corazón metido en una especie de tela de araña tallado en la ruinosa madera, parecido a los tatuajes que los aventureros marineros se hacían al llegar a puerto.
Había llegado a su destino. El letrero anunciaba la taberna de extraño nombre:
" EL CORAZÓN ATRAPADO "
-Burlón nombre para un sitio que poco tenía que ver con los corazones, un sitio lleno de borrachos, bravucones, rameras que exhibían sus cuerpos ofreciendo sus servicios a cambio de unas pocas monedas o un trago, piratas, asesinos, ladrones y demás gentuza que se ocultaba ante la impotente guardia real que no se acercaba por esa zona. Poco tenía que ver con la vida ese antro de mala muerte, pensó ella.
Estaba sedienta del viaje, cansada, el polvo del camino pegado en su garganta le hacía necesitar el néctar de los frutos pisoteados por monjes, la sangre de los dioses. Lo imaginaba ella sin haberlo saboreado aun mientras trataba de mostrar una forzada sonrisa. Necesitaba reírse recordando sus aventuras, volver a beber para olvidar, deseaba ese delicioso vino que cultivaban los religiosos. Desde fuera de la taberna podía oler ese dulzón aroma mezclado con el intenso olor a ocre de los orines del callejón, pero ahora nada le detenía, el destino le había llevado ahí.
Descabalgó y camino hacia la puerta mientras podía oír las risas, los golpes y los gritos del interior. No se detuvo al cruzar el umbral de la entrada, golpeando la húmeda y podrida madera de la puerta tal y como lo había hecho las últimas veces que había ido a visitarla. Desde hacía varios años, en ese lugar se encontraba con una de las rubias sacerdotisas pertenecientes al Templo del Sol. Esa mujer la salvo hace tiempo, cuando estaba moribunda y mal herida de su último combate. Aparte de curarla, la adiestro en el noble arte de los arqueros, tratando de potenciar su paciencia y temple dominando el arco, una de sus armas preferidas. Desde entonces cada vez que conseguía un botín extra o alguna preciada joya, le visitaba haciéndole una ofrenda a ella y a sus dioses como agradecimiento.
Entró con paso firme y seguro, con la espalda estirada sacando a relucir orgullosa sus encantos de mujer, siguiendo con la amenazadora mirada de una pantera sedienta de sangre a todos esos desconocidos ojos que recorrían su cuerpo tratando de desnudarle de arriba a abajo. Se dirigió a la barra del apestoso antro apartando a empujones, siempre con una desafiante mano apoyada sobre su espada, a los babosos y pesados que día tras día se le acercaban y empezaban a piropearle grotescamente ofreciéndole cualquier cosa para conseguir tanto su atención como los favores de su cuerpo.
Pidió la primera ronda mientras empezada a contar sus batallas al corrillo de babosos que se le había formado alrededor, hablando de sus locas aventuras, botines ganados, de preciosas joyas, tesoros robados, duelos y combates con unos y otros, mientras pagaba con monedas doradas una tras otra las copas que le permitían olvidar otro mal día.
De repente sonó una profunda voz al fondo de la taberna como un trueno que le hizo girarse de golpe. Algo o alguien había llamado su atención. Su cuerpo se contrajo mientras giraba en dirección a aquella mesa repitiendo mentalmente las palabras que había escuchado de ese extranjero.
Estaba sentado en una de las mesas del fondo, en la zona más oscura de la taberna, donde se realizaban todo tipo de intercambios, tráfico de extraños objetos e incluso los contratos de sicarios.
El extranjero hablaba con un personaje encapuchado por una piojosa túnica oscura como la de un monje, no se le veía la cara y su instinto le decía que ese ser no era religioso. Sostenía entre las manos una especie de papiro, un posible mapa y una bolsa llena de monedas.
Ella volvía a repetir las palabras mentalmente mientras se dirigía hacia ese bárbaro, extrañas palabras que no concordaban con su tosca imagen.... "algo muy bonito... el mayor de los tesoros..." creía haber escuchado.
Disimulando se fue acercando poco a poco, con una copa metálica cargada de tinto vino en la mano, mientras veía como entre esas dos personas se terminaba de llevar a cabo el intercambio y el enigmático monje desaparecía como la niebla, corriendo callejón arriba al salir de la taberna, con la bolsa de monedas en su mano.
El extranjero, evidentemente no era de ese poblado, estaba sentado, la silla inclinada hacia atrás manteniendo el equilibrio en sus dos patas traseras. Su cuerpo alumbrado tan sólo por la tenue luz de una vela reflejaba juventud. No era el más grande ni el más fuerte del local, no le temía, de esos ella había derrotado a muchos, pero cuando cruzó su mirada con él sintió algo que la penetraba intimidándola. Su mirada era fría, directa ,como la de una serpiente cuando va a cazar a su presa. Al estar junto a la mesa se dio cuenta que tenía más edad de la que aparentaba, sus ojos enmarcados por las arrugas de la experiencia se lo hacían saber. Por un momento incluso llegó a sentir que él era capaz de leerle el pensamiento.
En su piel tenía inscrita la marca de uno de los ejércitos más sangrientos y temidos pero no portaba su uniforme. Tenía más pinta de mercenario, de ágil y fibrada musculatura como los bárbaros de las montañas aunque sin la frondosa y larga cabellera de estos, sino un pelo corto, muy corto donde no poder agarrarle. Las marcas en su piel transmitían y describían las distintas batallas. Guerrero, ladrón, mercenario, asesino, pirata, caza recompensas...
¿cual de todos es su oficio? ¿O es que realmente lo son todos?, se preguntaba ella.
A pesar de esa intimidante mirada, le transmitía serenidad, la nobleza de los antiguos caballeros, casi amabilidad pero al fin y al cabo algo provocaba su timidez. A pesar de eso sentía que ya lo conocía de antes. Quizás se lo cruzó en otra vida.
La tenue luz de la derretida vela, reflejó la tranquilizadora sonrisa del mercenario, mientras vio como él guardaba rápidamente ese papiro recién adquirido con recelo. Así que intentando mantener la calma entre ambos, ella se terminó de acercar lentamente. Inspiró y consiguió pronunciar algunas frases, reflejando su felina curiosidad:
-¿Que buscas? ¿Que has venido a buscar aquí? ¿Algo bonito? ¿Un tesoro? Quizás yo también busco algo bonito.
Le soltó de repente la guerrera tanteando directamente a ese ser. Sin prestarle atención, disimulando y mirando hacia otro lado, él le contestó con las contundentes y seguras palabras de los salvajes que no pierden un combate.
-Si, puede ser que busque algo bonito, quizás como tú, pero lo que primero busco es tu cara, tu mirada...
Mientras, levantando la vista hacia la estirada guerrera que permanecía en pie y fijando su mirada en la de ella, empujó la silla que tenía en frente ofreciéndosela e invitándole a sentarse con un simple y suave gesto de su mano. Así, sin apartar en ningún momento los ojos de ella, analizándola detalladamente y sin perder más tiempo, continuó diciendo.
-Te estaba esperando mujer, tengo algo que proponerte.
Llenando con una jarra de fresco barro su copa e invitándole a beber en su mesa mientras hablaba, prosiguió.
- Puede que esta vez necesite tu ayuda, repartiremos las ganancias, créeme si te digo que confío en todo el mundo, sólo lo hago una vez así que... no desaproveches tu oportunidad.
Y tirando hacia ella un par de dados hechos con los huesos de algún animal, le terminó diciendo con una sonrisa diablesca un tanto sátira y de una forma casi amenazante.
-me encanta jugar, debes tener muy claro que es lo que estas apostando... conmigo lo podrías perder todo, en cualquier momento, si intentas jugármela preciosa...
Una pausa, un nuevo trago antes de terminar tan seguro como empezó.
- Siempre juego para ganar.
Ella alzó su cuello estirando su espalda y mirándole por encima del hombro, tratando de ocultar su curiosidad y deseo le respondió sin vacilar ni un segundo de la misma forma contundente.
-yo nunca confío en nadie, así que nunca me equivoco, puede que sólo por el interés lo haga en ti hasta que encontremos ese tesoro, pero una vez lo tengamos...
sacando su afilada daga y clavándola en la mesa continuo diciendo
-créeme si te digo que tengas mucho cuidado, pero sobre todo que no confíes en mi...
y guiñándole un ojo a la vez que dejaba escapar una leve sonrisa que ayudaba a romper la tensión del momento. Terminó la frase.
-...hasta que yo no te lo diga.
Capítulo 2 - La Hechicera y la Dama Blanca

Ya sabes que me alegra de verdad leerte por aqui...espero que este 2009 me permita seguir haciendolo.
ResponderEliminarMis mejores deseos para ti....