La hechicera y la Dama Blanca. (Ginna – Capítulo 2)

“ Pretendemos ser los dueños de nuestro destino, sin llegar a saber nunca si éste estaba escrito ya. La encarnizada lucha hacia un objetivo, puede parecer que nos permita alcanzar inmediatamente nuestro sueño. Al no conseguirlo, creeremos que es un imposible. Sin embargo esa lucha nos acercará cada día más a él. “

LeGNa

De los primeros momentos de tensión en esa mesa, se pasó a un extraño juego de seducción entre ellos que consistía en demostrar quien estaba más seguro de sí mismo, quien era más fuerte, más sensible, quien más valiente, quien capaz de provocar sexualmente al otro, quien hacía más daño y quien más y más, pero al fin y al cabo sólo era un extraño juego que les hacía reír y despertaba cada vez más su deseo.

Continuaron hablando durante un largo rato, aproximadamente un par de horas, sin darse cuenta como el tiempo pasaba, bebiendo vino, alzando de vez en cuando sus cómplices risas y explicándose mutuamente sus continuas batallas. Durante todo ese tiempo, un aura les cubría envolviéndoles, separando a los guerreros del resto del mundo, mientras ellos no permitían que nadie, absolutamente nadie entrase en ese entorno se había creado. Solamente la indiscreta mirada del tabernero les sorprendió. Un hombre de mediana edad, piel oscura como la de los pobladores del sur de la región, unos enormes ojos saltones, nariz colorada y cara amargada. Trataba de cotillear la conversación de la pareja de aventureros mientras disimulaba secando con su andrajoso delantal, usado a modo de trapo, una de las metálicas jarras recién lavadas. La guerrera lo presintió, detuvo al extranjero en sus explicaciones y girándose de golpe permanecieron los dos en silencio frunciendo el ceño y mirando fijamente a ese cotilla de tabernero que ante la acechadora e intimidante mirada de esas dos salvajes fieras, prefirió esfumarse silbando disimuladamente como si la cosa no fuese con él, por detrás de la barra de oscura y astillada madera de nogal, dejando cerrada una vez más, esa invisible cúpula donde sólo había cabida para ellos dos.

El bárbaro bajo levemente el tono de voz y prosiguió. Le explicó que ya le habían traicionado más de una vez, incluso en su última aventura, precisamente buscando ese mismo tesoro que imaginaba le retiraría y que no llegó a encontrar. Le vendieron un falso mapa que sólo le llevo hasta un diminuto botín después de un sacrificado camino lleno de duros combates con criaturas horribles. Todo eso se tradujo nuevamente en una desconfianza que era innata en él pero que le había salvado en numerosas ocasiones. Ella le entendió perfectamente pues también se había sentido traicionada en más de una ocasión.

Antes de cerrar ese trato con la joven guerrera, debería informarse bien sobre ella, empezar a conocerle, aunque sabía que era muy independiente y que sería una labor difícil, pero no le hacía gracia lanzarse a lo loco juntándose con un socio que se la podía volver a jugar. Sabía que antes, trataría de conseguir él solo el gran tesoro pues no podía arriesgar nuevamente a perder más tiempo ni poner en peligro ese tesoro en manos de otros. Aun así, tenía un buen presentimiento.

A modo de leyenda, le explicó una curiosa anécdota de hacia años.

Al terminar una de sus muchas aventuras y como era normal en él, paró en un poblado para descansar. Sentado en otra de las muchas tabernas que había visitado, comió y bebió, reponiendo fuerzas, gastando el botín y celebrando una nueva victoria.

Ese día, una andrajosa anciana se sentó en su mesa, no le pidió dinero, tan solo su compañía, charla y un trago de su fuerte bebida. El guerrero que estaba eufórico por la victoria y el vino accedió. Tenía ganas de explicar sus andanzas, compartir su alegría. A cambio y sin que el salvaje se lo pidiese, ella le predijo su futuro. Saco un extraño juego de naipes, con distintas figuras. Una calavera de la que salía humo verde en su dorso. Empezó a colocarlas y levantarlas una a una, diciéndole que vería rota su tranquila soledad asociándose con una hermosa mujer. Lo debería hacer si pretendía realmente conseguir un mágico tesoro. El mejor tesoro que habría ganado en su vida, uno capaz de hacerle sentir planeando por los aires como un gran pájaro. Para ello necesitaba a esa mujer. Fue precisa con sus palabras. Esa hembra debería ser una Dama Blanca y sólo él la podría encontrar, cosa que no ofrecía una gran pista para el guerrero. Desde esa época quedó extrañamente marcado en la búsqueda de esa chica y el tesoro, recordando continuamente las palabras de esa bruja.

Mirando fijamente a la joven amazona, de una forma burlona y supersticiosa le preguntó sonriendo.

-¿acaso eres tu la Dama Blanca?

Ella le miró atentamente, le devolvió la traviesa sonrisa, encogiéndose de hombros y sujetando su ropa entre su dedo indice y pulgar, mientras se la miraba, le terminó contestando...

-hoy visto de blanco...

El bárbaro permaneció pensativo, no le resultó ni un indicio suficiente, ni una contestación convincente pese a ser la mejor que le habían dado hasta ese momento. A la vez, también pensaba que esa anciana loca podría estar totalmente equivocada pues sabía que el único dueño de su destino era él aunque ciertamente, creía que necesitaría la ayuda de una ágil mujer o de un joven chico de espalda estrecha para poder entrar por una de los delgados ventanucos de la alta torre, desde la que se accedía a la supuesta cámara secreta donde estaba ese tesoro. Evidentemente una mujer le ofrecía más garantías que un chico de espalda estrecha con ansia de fama y riqueza, pues su experiencia le había demostrado que este tipo de jóvenes solían ser traicioneros. Los valientes y nobles jóvenes desarrollaban rápidamente su espalda para convertirse en fuertes guerreros mientras los otros simplemente eran supervivientes, carroñeros de este mundo que sobrevivían a base de engaños, timos y estafas.

Así, el trato quedó pendiente por el momento y decidieron marcharse tras la última pelea, en la que una prostituta golpeaba con la fuerza de un hombre a un borracho dejándolo inconsciente sólo por unas pocas monedas, tristemente algo demasiado habitual en la taberna del corazón atrapado.

Una vez fuera de ese antro de perversión, caminaron juntos bajo la intensa luz de una gran luna llena hasta salir del callejón donde aguardaban sus caballos. El guerrero se acercó lentamente a ella que permanecía inmóvil, miró a sus ojos inquietos fijamente, le sujeto dulcemente por la estrecha cintura con una mano, sintiendo por primera vez en toda la noche sus femeninas formas, mientras con la otra apartaba el pelo que cubría su cuello y parte de la cara con un dulce gesto, nada propio de un bárbaro. Él era diferente. Inspiró suavemente buscando su olor y sintiendo como sus pulmones se llenaban de esa afrutada fragancia que solamente los ángeles podían llevar y le susurró al oído dulcemente:

-dime tu nombre preciosa...

Ella tensa por el acercamiento clandestino del guerrero y sintiéndose por un momento extrañada, casi hipnotizada por el vino, había tardado en reaccionar y aun así cuando lo hizo, continuó sin apartarse de él mientras pronunciaba con una dulce voz y una sonrisita:

-Soy Ginna, la guerrera.

Recibió un rápido beso del bárbaro en su mejilla, bajo la mirada y al levantarla vio como este se giraba hacia su caballo, dándole la espalda mientras le decía:

_...dulces sueños Ginna!

Sonrientes ambos tomaron direcciones distintas. Ginna como siempre altiva, camino hacia su caballo sin llegar a girarse ni una sola vez y extrañada por su comportamiento pensaba en voz baja.

-Porque se me ha acercado tanto ese hombre, debí haberle golpeado para apartarlo pero... supongo que... da igual... será por el vino... o quizás por el tesoro...

Desconcertada, prefirió no darle más vueltas por el momento pero en su cabeza empezaba a aparecer una y otra vez la imagen de ese guerrero.

Pasaron varias lunas. Ginna continuó visitando la taberna del “Corazón Atrapado” al igual que el solitario guerrero, donde coincidían de vez en cuando y continuaban con sus risas, sus charlas sobre batallas, aventuras , preocupaciones incluso sus planes de futuro.
Ella siempre intentaba marcharse antes que él para evitar una nueva despedida, un nuevo contacto físico que alterando sus hormonas pudiese romper el posible pacto que tenían pendiente en la búsqueda del maldito tesoro.

Durante esos días se fue creando un fino lazo de unión entre los dos. Muchas de las veces Ginna, al llegar a la taberna le encontraba con bellas y jóvenes muchachas sentadas sobre él, riendo y bebiendo hasta que en alguna ocasión las subía a las habitaciones del piso superior.

-esas pequeñas rameras... son como gatas en celo!

Pensó ella quedándose en la barra, bebiendo con el tabernero. Mientras dirigía miradas fugaces que de vez en cuando se cruzaban con las de el extranjero.

Otras veces era el solitario guerrero que la miraba desde su mesa, oculto en la oscuridad como un carnívoro depredador observa a su presa, viendo como ella se pavoneaba altiva y orgullosa con borrachos o fornidos guerreros atendiendo a todo tipo de flirteos y a los piropos que estos le lanzaban pero frenándolos cuando intentaban ir más allá. Extraño juego que contradictoriamente a lo q ella pensaba, hacía que el bárbaro se frenase en sus intentos de conquista.

Poco a poco, cada vez que coincidían, se buscaban el uno al otro, volviendo a crear la cúpula que les envolvió el primer día, la que les protegía y apartaba del resto. Él veía en la joven muchacha algo muy distinto a las demás, algo que no sólo le imponía respeto sino que a la vez le atraía brutalmente. Ella esquivaba al bárbaro una y otra vez aunque le ofrecía el prudente juego para que este continuará demostrando su interés. Así reforzando sus dotes de cazador, el salvaje guerrero esperaba tranquilamente hasta que esa presa estuviese a su alcance para agarrarla y no dejarla escapar, aunque parecía que podía tardar mucho en llegar, él confiado sabía que no sería así.

Uno de los días en los que el bárbaro llegó antes a la taberna, se dirigió a su mesa. Por un extraño instinto, mantuvo este día la vela apagada permaneciendo en absoluta oscuridad y bebiendo solo, en esta ocasión sin la molestia de nadie. Fue entonces cuando la volvió a ver llegar, con sus andares altivos, sacudiendo su larga cabellera de un hombro a otro hasta llegar a la barra donde, como una pantera encerrada, se paseaba de lado a lado mostrando su nerviosismo. Aun así, ese día la joven estaba realmente preciosa, su diminuta falda ofrecía libertad de movimiento a sus morenas, bellas y duras piernas. En su cintura, cerca de la cadera se podía ver la cicatriz que le había causado alguna afilada espada.

Al rato, empezó a hablar con un tipo que acababa de llegar y bebía sentado en una esquina de la barra. Era un hombre de constitución fuerte, un cazador de tesoros, reconoció el guerrero desde su escondite. Ya había visto hombres como él, esos que esperan que alguien haga el trabajo sucio para robarles el botín. Se tensó de golpe pero permaneció inmóvil para no delatar su posición.

- ¿que arriesgado doble juego estará haciendo Ginna?, se preguntaba, mientras juraba por su cruel dios que le arrancaría con sus propias manos el corazón y bebería de él si trataba de engañarle robándole el tesoro con la ayuda de aquel tipo.

Los vio salir juntos de la taberna mientras recordaba su despedida con la muchacha y siguió bebiendo, una jarra tras otra, hasta quedar dormido encima de la mesa. El indiscreto tabernero le despertó. No sabía cuanto tiempo había pasado dormido. Salió como pudo de ese lugar y estuvo caminando entre tumbos por las solitarias calles.

Al fondo de otro callejón vio la silueta de una mujer, trato de seguirla, imaginando que era Ginna. Aceleró su paso intentando no resbalar con el suelo mojado por la lluvia, persiguiéndola hasta que al final vio como entraba en una ruinosa casa. Paró un instante y miró por una de las ventanas hacia dentro. Estaba iluminada por un gran fuego de altas llamas, que calentaba una enorme olla metálica. Al correr las finas cortinas de seda que hacían la insegura función de puerta sintió el profundo calor de ese lugar.La hoguera debería llevar varias horas encendida. No lograba ver el contenido de la caldera que hervía sin cesar, salpicando y provocando pequeñas llamaradas de fuego al caer sobre las brasas y terminaban por convertirse en un espeso humo que repartía un olor por toda la estancia a leña quemada mezclado con una especie de aroma a incienso.

Sobre un lecho cubierto por los trozos de curtidas pieles de distintos animales, estaba esa mujer joven de cabello largo y oscuro, tumbada desnuda, le hacía señas con la mano invitando al bárbaro a entrar. Esa mujer no era Ginna. Su piel, de un intenso moreno, brillaba con el resplandor de la hoguera por el sudor. De gruesos y pronunciados labios, blanca dentadura. Susurraba, como una serpiente, extrañas palabras en un lenguaje desconocido hasta el momento por el guerrero. Acariciaba todo su cuerpo con sus manos finas y alargadas. Terminaban en unas afiladas uñas que iban marcando su piel con cada intensa caricia. Arañaba sus muslos en una clara señal de fuerte deseo que quedaba reflejado en su cara, mientras se retorcía casi posesa, sin llegar a apartar la vista del hombre, recorriéndole de arriba a abajo con sus negros y oscuros ojos, tratando de hechizarle.

- ssssse lo que buscassss essstranjero.

Pronunció con un extraño acento seseante que le hacía desencajar la mandíbula con cada una de las sílabas que soltaba mientras seguía su ritual de movimientos pélvicos.

-...buscasss a la damasss blancasss.... Pero esta nochessss sólo encontrarásss a unass damasss de fuegosss, unass ardientesss damasss de fuegosss.

Y curvando seguidamente su espalda hacia atrás, cogió entre las manos sus firmes pechos, juntandolos y subiéndolos hacia su boca a la vez que sacaba la lengua relamiéndose los labios y trataba de alcanzar con su punta los pezones.

El bárbaro permanecía desorientado aunque sin temor, esa extraña mujer no le haría tener miedo. Sonriendo desde la entrada, de pie, inmóvil, disfrutando del espectáculo que la hermosa y sensual mujer le ofrecía, se dejó tentar lentamente mientras sentía como su libido alcanzaba limites inimaginables. Su pulso se fue acelerando, al compás de la respiración, con cada movimiento de la hechicera. Poco a poco se fue despojando de su cota de malla, sus armas, las vestimentas, las botas ... hasta quedar totalmente desnudo.

Sus muslos tensos apuntaban en dirección de la mujer serpiente que se contraía con más fuerza cada vez, mientras continuaba pronunciando esas extrañas palabras silbantes y bebía de una copa cristalina, una raro liquido azulado como el cielo, escupiendo, pulverizándolo hacia el aire y rociando de esta forma su desnudo cuerpo.

El bárbaro se acercó al lecho y cogiéndole de uno de sus finos tobillos tiró de ella con fuerza hacia él, dominando la situación, mientras inspiraba intensamente por la excitación y bebía de la copa que ella le ofrecía.

Cuando despertó no recordaba nada, sólo vió que estaba desnudo junto a la apagada hoguera en la que quedaban aun pequeñas brasas. Su piel estaba brillante por el sudor de una posible noche de salvaje sexo. Aunque no estaba muy seguro de eso. Desconcertado sentía como sus pulsaciones en la sien, le golpeaban una y otra vez como el mazo de un herrero al ritmo de su tranquilo pero contundente pulso. Junto a él tenía pequeña bolsa de piel marrón atada con una cuerda. La abrió y mirando su interior saco un polvo muy fino tan blanco, frío y brillante como la nieve de las montañas donde había nacido. Su olor era parecido al de la bebida de la copa rota que yacía junto a la apagada hoguera. Por fortuna había escondido bien el mapa del tesoro días atrás, cuando se lo compró al extraño monje, pues notó como sus vestimentas habían sido delicadamente revisadas. Se vistió y salió desconfiado de ese lugar.

Pasaron unos días en los que Ginna y él no se cruzaron. Seguía visitando regularmente la taberna pero ella había desaparecido.

Para volver a encontrarse con la chica, porque el comienzo de la búsqueda del tesoro se aproximaba, el guerrero le preparó un juego de inteligencia y agilidad mental.
Era consciente que en esa búsqueda se encontrarían con distintos tipos de pruebas que deberían superar y necesitaba saber hasta que punto la joven guerrera estaba preparada.
Así se lo preparó y se lo dejó al chafardero tabernero aun sabiendo que este lo miraría pero estaba seguro que sería incapaz de resolverlo.


Ginna recibió el enigmático papiro lacrado tan pronto como apareció por la taberna. Se escondió de las indiscretas miradas, lo desenrolló y analizó tranquilamente pese a la curiosidad que se le despertaba.

El juego consistía en descifrar una frase oculta en un texto. Para ello disponía de una serie de guiones y un montón de letras desordenadas. Algo fácil pensó por un momento ella.

- - - - - - - - - - - - - - - - - - -
GOLAES TARO NAS ADESO

Pero eran 18 guiones que no le daban, en principio, ninguna pista. Intuía que debería colocar esas letras ordenadas, sin saber el idioma en el que estaría escrita esa maldita frase pero ante la posible demostración de su inteligencia al bárbaro, se encabezonó hasta conseguir su solución. De esta forma no sólo demostró su inteligencia sino que además sin darse cuenta pudo demostrar al guerrero su tesón y animo de superación frente a los inconvenientes. Rasgos muy importantes para este tipo de búsqueda.

Después de unas cuantas horas tratando de colocar las letras en su sitio, para dar con una frase que tuviese algún significado coherente y unas pocas jarras del néctar de los dioses, lo consiguió.

GANARE TESORO A LOS DOS

Extrañada por el resultado de la maldita frase que acababa de conseguir, se detuvo un momento para pensar en los motivos por los que el guerrero le hacía ese tipo de juego y el porqué había escogido precisamente esas palabras.

- ¿a que dos le ganaría el tesoro ese loco salvaje? ¿De que desconfía?

Pero a los pocos segundos soltó una fuerte carcajada al recordar su cita con el caza tesoros de los pasados días, pensando en alto:

- ¡ maldito celoso! ,mientras continuaba riendo sola.

Ese día, sus ojos volvieron a brillar de una forma especial. Al poco tiempo, al entrar el guerrero en el mesón de Sir Donald, un burgués de alta cuna que poseía uno de
los lugares donde se podía comer una desconocida carne triturada de rápida elaboración, vio a Ginna al fondo de la estancia. Sola, comiendo y dirigiendole una brillante mirada acompañada de una traviesa sonrisa hacia él. Hablaron tranquilamente durante una larga conversación en la que entre otras cosas le explicó la historia de su amiga, la Sacerdotisa. Le invitó a que las visitara en el Templo del Sol, dándole unas escuetas explicaciones sobre la forma de llegar.

Al salir del establecimiento, en las solitaria calle, se dieron cuenta que volvían a encontrase juntos y solos. Sintieron que la timidez se volvía apoderar de ellos. Se despidieron mirándose a los ojos. Ginna sonrió inocentemente, él le devolvió la sonrisa y acercándose lentamente le volvió a besar en la mejilla dulcemente, deteniéndose unos segundos para sentir el fino tacto de la suave piel de la chica. Un leve escalofrío recorrió su cara, un raro cosquilleo interior. Inspiró al recorrer el cuello de la joven y analizando su fino aroma le volvió a besar tiernamente. Sentía que algo le paralizaba, le atraía, no quería desprenderse de ella aun, por eso cuando Ginna se daba la vuelta para marcharse él la detuvo.

La sujetó delicadamente de un brazo, le hizo girar en redondo quedándose, de nuevo mirándole fijamente. En los ojos de Ginna se podía ver la curiosa incertidumbre que le causaba este acto. El salvaje bárbaro simplemente trató de fundirse con ella en un cálido abrazo, sintiendo como en pocos segundos, de la rigidez del cuerpo de la chica, esta pasaba a un tierno y casi maternal abrazo, buscando la protección que el cuello, hombros y espalda de él le ofrecían. Tantas sensaciones le hicieron recibir un escalofrío que recorrió todo su cuerpo. Ese momento tenía algo mágico. Los fuertes brazos del guerrero se tensaron y le envolvieron, despertando la confortable seguridad que Ginna necesitaba en aquel instante. Aunque a los pocos segundos reaccionó, sacando nuevamente sus barreras, separándole y demostrando la tensión que le producía este tipo de aproximaciones. Rápidamente prosiguieron su camino separados, aunque esta vez las miradas de los dos se volvieron a cruzar después de haber dado unos primeros pasos.

Tres días más tarde, ante la nueva desaparición de la joven, las ganas de volverla a ver y a la vez los curiosos pensamientos que esa simple despedida le habían causado, el guerrero decidió visitar el templo del sol. Atendiendo la invitación que le había hecho Ginna días antes, emprendió un corto viaje por mar.

Conocía de vista a la joven Sacerdotisa rubia que se encontraba con ella en la taberna, pero nunca había tenido ocasión de hablar pues se comportaba de forma huidiza con él. Aun así creyó que al visitarles a las dos, podría abrirse un poco más a Ginna y conseguir mayor información sobre ella.

Desde su barco de negra bandera, divisó a pocas yardas las fuertes columnas del famoso Templo del Sol, siguiendo las sabias pero escuetas indicaciones que Ginna le había dado.

El Templo se hallaba en la cima de esa pequeña isla paradisíaca.

Su tripulación se quedó a bordo mientras él desembarco solo en un bote de remo, hasta alcanzar la orilla de fina y blanca arena. Una vez en tierra, fue caminando, cruzándose con los fieles adeptos de esa antigua religión. No llevaban prácticamente ropa, muchos de ellos estaban completamente desnudos, no portaban armas de ningún tipo. Lo observaban perplejos, mientras él trataba de mostrarse tranquilo ante sus inquietantes miradas. No estaban acostumbrados a ver salvajes guerreros armados por su zona, estaban desconcertados pero el bárbaro sin decir nada prosiguió su camino siguiendo las pautas que Ginna le había dado.

Cuando casi se daba por perdido, llegó a una zona donde un gran dolmen rompía el camino. Inscrito en él tenía un número 64. Al acercarse leyó “MUERTOS 64” , sabía que estaba cerca así que continuó por el camino hasta la nueva playa, buscando a las dos jóvenes entre el gentío. Al fin, a pocos metros vio a la rubia Sacerdotisa entre un cúmulo de adeptos que la rodeaban. Ella alzaba los brazos explicándoles algo que no alcanzaba oir mientras estos le repetían frases al ritmo de las olas.

Junto a ella estaba Ginna, casi desnuda, sólo un par de diminutos trapos de radiante color blanco cubrían sus senos y su entrepierna como un pequeño calzón. Al verle se sorprendió pero rápidamente le volvió a sonreír como lo había hecho en las últimas ocasiones y agitó una mano saludándole.



Capítulo 3 -El tótem y la pasión

1 comentario:

  1. Pq será que cada vez que "te" leo me siento hipnotizada... tus dulces palabras se entrelazan con la fuerza de tus pensamientos, de tus deseos...

    Solo he leído los dos primeros capítulos y ya me muero de ganas de leer los demás. Pero ya sabes, querido guerrero, lo bueno se hace esperar.

    Me encanta como describes cada una de las escenas, como dejas que nos adentremos en ese mundo, con palabras tan suaves a la par que fuertes, con carácter y con ese toque sensual que nos tiene a todas hechizadas... casi tanto com a la dulce Dama Blanca.

    PS: felices sueños, querido guerrero. Quizá mañana despiertes al lado de una hoguera... nunca se sabe.

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