"La desconfianza suele surgir cuando uno mismo no hace las cosas correctamente o como le gustaría que las hiciesen. Las dudas aparecen cuando no se tiene claro el objetivo a alcanzar por alguna de las dos partes. Las dudas atraen a la desconfianza. Se entra en un circulo vicioso.
Plantea un objetivo claro, asequible y haz las cosas bien.
En esta vida ocurren cosas extrañas, la gran mayoría tienen explicación. Es tan fácil vender a un vendedor como cazar a un cazador."
LeGNa
Después de ese primer encuentro volvieron a tener algunos más. A pesar de ese acercamiento, constantemente Ginna le demostraba que no confiaba en él. Preocupado por esa desconfianza, el noble guerrero le preguntaba tratando de hallar el motivo, ya que no sabía si todo venía por su turbio pasado. La chica le decía que no tenía un motivo concreto, simplemente lo llamaba “ mi instinto”, algo que a él le molestaba mucho. Había sido ladrón, asesino, pirata y demás oficios mal vistos, por todo eso ya le habían juzgado y siempre necesitaron pruebas para condenarlo. “Mi instinto” no lo consideraba una prueba válida para poderlo condenar de antemano. Su código de honor estaba herido, pues era un hombre de palabra, para lo bueno y para lo malo. El le aseguraba, en todo momento, que respetaría el trato pasase lo que pasase. Aun así, ella lo volvía a mencionar una y otra vez, con algunas veces con risillas, jugueteando, sabiendo que le molestaba, otras lo hacía seria. “Mi instinto” estaba en su preciosa boca.
Ella misma no era capaz de saber por que y a la vez, tampoco otorgaba garantías hacía ella pues, durante todo el tiempo, le repetía que no confiase hasta que no se lo dijese. Así de extraño y rebuscado parecía todo en su cabeza. La vida es tan simple y en cambio su mente era tan retorcida...
En el fondo, ella demostraba que no estaba segura de empezar la búsqueda de un tesoro, pues ahora tenía una tranquila vida, que no quería perder y a la vez, la tentadora oferta del guerrero le llamaba demasiado la atención. Demasiado fácil lo veía todo tal y como se lo planteaba, pese a que el bárbaro también le aseguraba que tendrían miles de problemas en ese camino. Él parecía muy seguro de si mismo, le comentaba que se lo pondría lo más fácil posible, pero aun así ella dudaba. El guerrero trataba de verle más a menudo, lo necesitaba si quería convencerla, que le conociese interiormente, que viese con el día a día como era él para ganar así su confianza, pues sabía que de otro modo ella terminaría abandonando esa búsqueda. La chica se lo ponía complicado. Todo era complicaciones.
Ginna desaparecía durante días. Algunas de las veces, cuando se veían, el bárbaro trataba de concretar otro día más, para poder verla, pero ella siempre sacaba algún pretexto para cancelar esas posibles citas. Todo esto, unido a sus dudas y a su desconfianza, hizo que al final el bárbaro terminase también sacando su instinto y dudando. Ella le dio demasiado tiempo para pensar y la mente del guerrero era ágil, cuando algo no veía claro siempre buscaba la pieza que completa el puzzle y no paraba hasta que la encontraba.
Los días iban pasando, el guerrero podía haber empezado a escoger a otra joven que le acompañase, pero le perseguía constantemente la sensación que debía ser Ginna. Creía en las palabras de la bruja e imaginó que era ella su Dama Blanca. Así, ante tantas dudas por parte de Ginna, decidió empezar a sacar a la luz todos los trapos sucios que oscurecían ese acuerdo del tesoro.
La información es la mayor fuente de poder. En muchas ocasiones, por no nombrar todas, para ganar una guerra es fundamental conocer a tu enemigo, disponer de él la mayor información posible. El bárbaro lo tenía muy claro, sabía como conseguir esa información en el campo de batalla y sacarle el máximo partido. Decidió jugar sus cartas, así que empezó a indagar visitando a la amiga de Ginna, la sacerdotisa del templo del sol. Esa mujer merecía la confianza del guerrero, por su sencillez. Él sabía que no rechazaría una conversación y como muchas mujeres con las que se había cruzado, hablaba con facilidad, incluso demasiado.
Había torturado a muchos enemigos, tenía experiencia en conseguir la información que necesitaba y esos años de combates le enseñaron a utilizar la inteligencia antes que la tortura. Los resultados que producía eran mayores, simplemente se conseguía mucho más al ganar la confianza del enemigo, hacer las preguntas oportunas y dejarle hablar tranquilamente. Poco a poco iba saliendo todo. Ese fue su juego, conseguir la confianza de Ilesirka.
Y así fue, gracias a la sacerdotisa el bárbaro se enteró que Ginna estaba medio aliada con otro caza tesoros. Estaban pendientes de otra búsqueda distinta a la del guerrero y por lo visto, tenían algo más que una mera relación profesional. Esto último sobre todo, hizo que el estomago del bárbaro se encogiese de golpe y aunque se lo temía, esperaba siempre haberse equivocado en este tipo de cosas. Aun así trato de disimular, como si nada le importase y fuese algo que el ya sabía, por si conseguía el resto de información de la sacerdotisa más adelante. Después de esa charla, se sintió engañado. Durante un par de días, la rabia se apoderó de él, la ira le acompañó a todas partes, le hervía la sangre y las preguntas surgían incesantes por su mente. Tuvo la intención de desaparecer y encargarse el solo de la búsqueda del maldito tesoro.Había confiado en ella, ¿hasta que punto estaba jugando?¿ cual era su fin? ¿Era la solución desaparecer?
Al volver a ver a Ginna, toda su idea de desaparecer se esfumó por arte de magia o arte de seducción. Algo tenía esa chica que extrañamente, conseguía que pese a todo confiase en ella. Continuaba sintiendo en su interior, que era ella la persona que necesitaba para encontrar ese tesoro. La joven atraía salvajemente al guerrero, no sabía exactamente el motivo, pero ese impulso no lo podía frenar. Llegaba a ser casi obsesivo. Lo que más le sorprendía de todo era que Ginna seguía sin decidirse. No terminaba ni de mostrarse con claridad, ni de dar el paso que él necesitaba.
Sin alternativa posible el bárbaro tuvo que arriesgar. Posiblemente la solución hubiese sido esperar, eso era lo que le pedía ella. Tiempo. No estaba dispuesto a que alguien le quitase el tesoro y sabía que cualquiera lo podía encontrar antes que él. No jugaba con el tiempo, éste lo valoraba más que el oro que ganaba en sus batallas. Necesitaba actuar, plantear una estrategia, arriesgar todo y rezar a los dioses para que ese plan funcionase. Entonces si esperaría.
Su más potente maquinaría de guerra empezó a engrasarse. Esa astuta mente retorcida, era tan potente que siempre, más tarde o más temprano, conseguía respuesta y soluciones a todo. Ahora necesitaba saciar su curiosidad, encontrar contestación a todas esas preguntas que no cesaban de revolotear por su cabeza. Le gustaba jugar, creía que siempre apostaba para ganar, lo hacía fuerte pero seguro. Doble o nada. Debía dejar que esa chica escogiese y pronto. Seguir con la búsqueda de otros tesoros de extraños o que se centrase con todas sus fuerzas en la del bárbaro. A él no le servían las dos cosas. Quería Todo o Nada.
Sabía que no podía presionar a Ginna, en realidad lo creía, se sentía muy identificado por ella pues sentía que era como él. Rebelde. Ante la más mínima presión reaccionaría. Lo haría mal. Se cerraría en banda, incluso abandonaría. Debía presionar por otro lado. Todos y cada uno de los involucrados, formaban una pieza importante de ese juego. Un falso movimiento y las piezas empezarían a caer. Un error y desapareces de este tablero. La suma de posibilidades se hacía infinita, demasiados movimientos por pieza. Su ágil mente estudiaba uno a uno, los posibles movimientos y sus probables reacciones, para ir un paso o varios por delante de los demás. El guerrero tenía que jugársela y se la jugó.
Trató de cazar a ese caza tesoros con sus propias armas. Lo hizo por creer conocer a Ginna, sin llegar a conocerle prácticamente de nada. Por creer en un sueño y perseguirlo. Los indicios le hacían pensar que eran tan parecidos el uno al otro. Era su sueño. Tenía que ser así o fracasaría. Imaginó una y otra vez como reaccionaría él mismo años atrás y creía en una reacción igual por parte de Ginna. Si realmente era como el creía, ganaría y conseguiría junto a ella el tesoro. Sino lo era, perdería. No le importaba si tenía que ser así, significaría perder a alguien que no respondía a sus expectativas.
No servía cualquiera para esa búsqueda, se lo había dicho la anciana bruja, esa vieja hechicera que le lió en todo esto. “Solo la Dama Blanca te ayudará a conseguir el mayor de los tesoros”.
Estirado en su cama, iba dando vueltas y más vueltas a esas sensaciones, a su intuición. Repasando su experiencia hasta encontrar una solución. Ganaba o perdía. Solo tenía que poner la trampa a ese cazador. El cazador debía ser cazado.
La fuerza de una poderosa cadena se mide por el eslabón más débil. Todos tenemos nuestros fallos, solo se necesita la información necesaria para encontrarlos. Y como buen rastreador encontró todo lo necesario. Su plan se trazó y ejecutó de inmediato. Tenía ese débil eslabón al que solo debía forzar un poco, presionó ahí, sin miedo. Una justa presión para que se partiese. Las piezas se empezaron a mover, solo tenía que dejarlas actuar y esperar a ver si había acertado con los movimientos adecuados.
Solo faltaba esperar. Actuar con la mayor normalidad posible. Con sinceridad, tarde o temprano. Con la seguridad de que el destino no fallaría. La tranquilidad que no perdería nada de ninguna de las formas. Una jugada donde siempre ganaría, como mínimo tiempo. Algo muy preciado para el bárbaro.
¿Como lo hizo? Bueno, todo ese tipo de detalles no lo llegaremos a saber nunca. No todos eran legales, pero tampoco ella lo estaba siendo con él. El bárbaro se medía con su propia justicia. Un cazador tiene sus trucos, sus trampas, la experiencia en el combate de un estratega, el tesón de un luchador... El riesgo le atraía, le motivaba, pero sobre todo poseía una maquiavélica mente retorcida, capaz de combinar las habilidades adquiridas, para conseguir sus propósitos. Además como siempre, influyó la suerte. Aunque él mismo, en ese momento no sabía si era de la buena o de la mala.
Plantea un objetivo claro, asequible y haz las cosas bien.
En esta vida ocurren cosas extrañas, la gran mayoría tienen explicación. Es tan fácil vender a un vendedor como cazar a un cazador."
LeGNa
Después de ese primer encuentro volvieron a tener algunos más. A pesar de ese acercamiento, constantemente Ginna le demostraba que no confiaba en él. Preocupado por esa desconfianza, el noble guerrero le preguntaba tratando de hallar el motivo, ya que no sabía si todo venía por su turbio pasado. La chica le decía que no tenía un motivo concreto, simplemente lo llamaba “ mi instinto”, algo que a él le molestaba mucho. Había sido ladrón, asesino, pirata y demás oficios mal vistos, por todo eso ya le habían juzgado y siempre necesitaron pruebas para condenarlo. “Mi instinto” no lo consideraba una prueba válida para poderlo condenar de antemano. Su código de honor estaba herido, pues era un hombre de palabra, para lo bueno y para lo malo. El le aseguraba, en todo momento, que respetaría el trato pasase lo que pasase. Aun así, ella lo volvía a mencionar una y otra vez, con algunas veces con risillas, jugueteando, sabiendo que le molestaba, otras lo hacía seria. “Mi instinto” estaba en su preciosa boca.
Ella misma no era capaz de saber por que y a la vez, tampoco otorgaba garantías hacía ella pues, durante todo el tiempo, le repetía que no confiase hasta que no se lo dijese. Así de extraño y rebuscado parecía todo en su cabeza. La vida es tan simple y en cambio su mente era tan retorcida...
En el fondo, ella demostraba que no estaba segura de empezar la búsqueda de un tesoro, pues ahora tenía una tranquila vida, que no quería perder y a la vez, la tentadora oferta del guerrero le llamaba demasiado la atención. Demasiado fácil lo veía todo tal y como se lo planteaba, pese a que el bárbaro también le aseguraba que tendrían miles de problemas en ese camino. Él parecía muy seguro de si mismo, le comentaba que se lo pondría lo más fácil posible, pero aun así ella dudaba. El guerrero trataba de verle más a menudo, lo necesitaba si quería convencerla, que le conociese interiormente, que viese con el día a día como era él para ganar así su confianza, pues sabía que de otro modo ella terminaría abandonando esa búsqueda. La chica se lo ponía complicado. Todo era complicaciones.
Ginna desaparecía durante días. Algunas de las veces, cuando se veían, el bárbaro trataba de concretar otro día más, para poder verla, pero ella siempre sacaba algún pretexto para cancelar esas posibles citas. Todo esto, unido a sus dudas y a su desconfianza, hizo que al final el bárbaro terminase también sacando su instinto y dudando. Ella le dio demasiado tiempo para pensar y la mente del guerrero era ágil, cuando algo no veía claro siempre buscaba la pieza que completa el puzzle y no paraba hasta que la encontraba.
Los días iban pasando, el guerrero podía haber empezado a escoger a otra joven que le acompañase, pero le perseguía constantemente la sensación que debía ser Ginna. Creía en las palabras de la bruja e imaginó que era ella su Dama Blanca. Así, ante tantas dudas por parte de Ginna, decidió empezar a sacar a la luz todos los trapos sucios que oscurecían ese acuerdo del tesoro.
La información es la mayor fuente de poder. En muchas ocasiones, por no nombrar todas, para ganar una guerra es fundamental conocer a tu enemigo, disponer de él la mayor información posible. El bárbaro lo tenía muy claro, sabía como conseguir esa información en el campo de batalla y sacarle el máximo partido. Decidió jugar sus cartas, así que empezó a indagar visitando a la amiga de Ginna, la sacerdotisa del templo del sol. Esa mujer merecía la confianza del guerrero, por su sencillez. Él sabía que no rechazaría una conversación y como muchas mujeres con las que se había cruzado, hablaba con facilidad, incluso demasiado.
Había torturado a muchos enemigos, tenía experiencia en conseguir la información que necesitaba y esos años de combates le enseñaron a utilizar la inteligencia antes que la tortura. Los resultados que producía eran mayores, simplemente se conseguía mucho más al ganar la confianza del enemigo, hacer las preguntas oportunas y dejarle hablar tranquilamente. Poco a poco iba saliendo todo. Ese fue su juego, conseguir la confianza de Ilesirka.
Y así fue, gracias a la sacerdotisa el bárbaro se enteró que Ginna estaba medio aliada con otro caza tesoros. Estaban pendientes de otra búsqueda distinta a la del guerrero y por lo visto, tenían algo más que una mera relación profesional. Esto último sobre todo, hizo que el estomago del bárbaro se encogiese de golpe y aunque se lo temía, esperaba siempre haberse equivocado en este tipo de cosas. Aun así trato de disimular, como si nada le importase y fuese algo que el ya sabía, por si conseguía el resto de información de la sacerdotisa más adelante. Después de esa charla, se sintió engañado. Durante un par de días, la rabia se apoderó de él, la ira le acompañó a todas partes, le hervía la sangre y las preguntas surgían incesantes por su mente. Tuvo la intención de desaparecer y encargarse el solo de la búsqueda del maldito tesoro.Había confiado en ella, ¿hasta que punto estaba jugando?¿ cual era su fin? ¿Era la solución desaparecer?
Al volver a ver a Ginna, toda su idea de desaparecer se esfumó por arte de magia o arte de seducción. Algo tenía esa chica que extrañamente, conseguía que pese a todo confiase en ella. Continuaba sintiendo en su interior, que era ella la persona que necesitaba para encontrar ese tesoro. La joven atraía salvajemente al guerrero, no sabía exactamente el motivo, pero ese impulso no lo podía frenar. Llegaba a ser casi obsesivo. Lo que más le sorprendía de todo era que Ginna seguía sin decidirse. No terminaba ni de mostrarse con claridad, ni de dar el paso que él necesitaba.
Sin alternativa posible el bárbaro tuvo que arriesgar. Posiblemente la solución hubiese sido esperar, eso era lo que le pedía ella. Tiempo. No estaba dispuesto a que alguien le quitase el tesoro y sabía que cualquiera lo podía encontrar antes que él. No jugaba con el tiempo, éste lo valoraba más que el oro que ganaba en sus batallas. Necesitaba actuar, plantear una estrategia, arriesgar todo y rezar a los dioses para que ese plan funcionase. Entonces si esperaría.
Su más potente maquinaría de guerra empezó a engrasarse. Esa astuta mente retorcida, era tan potente que siempre, más tarde o más temprano, conseguía respuesta y soluciones a todo. Ahora necesitaba saciar su curiosidad, encontrar contestación a todas esas preguntas que no cesaban de revolotear por su cabeza. Le gustaba jugar, creía que siempre apostaba para ganar, lo hacía fuerte pero seguro. Doble o nada. Debía dejar que esa chica escogiese y pronto. Seguir con la búsqueda de otros tesoros de extraños o que se centrase con todas sus fuerzas en la del bárbaro. A él no le servían las dos cosas. Quería Todo o Nada.
Sabía que no podía presionar a Ginna, en realidad lo creía, se sentía muy identificado por ella pues sentía que era como él. Rebelde. Ante la más mínima presión reaccionaría. Lo haría mal. Se cerraría en banda, incluso abandonaría. Debía presionar por otro lado. Todos y cada uno de los involucrados, formaban una pieza importante de ese juego. Un falso movimiento y las piezas empezarían a caer. Un error y desapareces de este tablero. La suma de posibilidades se hacía infinita, demasiados movimientos por pieza. Su ágil mente estudiaba uno a uno, los posibles movimientos y sus probables reacciones, para ir un paso o varios por delante de los demás. El guerrero tenía que jugársela y se la jugó.
Trató de cazar a ese caza tesoros con sus propias armas. Lo hizo por creer conocer a Ginna, sin llegar a conocerle prácticamente de nada. Por creer en un sueño y perseguirlo. Los indicios le hacían pensar que eran tan parecidos el uno al otro. Era su sueño. Tenía que ser así o fracasaría. Imaginó una y otra vez como reaccionaría él mismo años atrás y creía en una reacción igual por parte de Ginna. Si realmente era como el creía, ganaría y conseguiría junto a ella el tesoro. Sino lo era, perdería. No le importaba si tenía que ser así, significaría perder a alguien que no respondía a sus expectativas.
No servía cualquiera para esa búsqueda, se lo había dicho la anciana bruja, esa vieja hechicera que le lió en todo esto. “Solo la Dama Blanca te ayudará a conseguir el mayor de los tesoros”.
Estirado en su cama, iba dando vueltas y más vueltas a esas sensaciones, a su intuición. Repasando su experiencia hasta encontrar una solución. Ganaba o perdía. Solo tenía que poner la trampa a ese cazador. El cazador debía ser cazado.
La fuerza de una poderosa cadena se mide por el eslabón más débil. Todos tenemos nuestros fallos, solo se necesita la información necesaria para encontrarlos. Y como buen rastreador encontró todo lo necesario. Su plan se trazó y ejecutó de inmediato. Tenía ese débil eslabón al que solo debía forzar un poco, presionó ahí, sin miedo. Una justa presión para que se partiese. Las piezas se empezaron a mover, solo tenía que dejarlas actuar y esperar a ver si había acertado con los movimientos adecuados.
Solo faltaba esperar. Actuar con la mayor normalidad posible. Con sinceridad, tarde o temprano. Con la seguridad de que el destino no fallaría. La tranquilidad que no perdería nada de ninguna de las formas. Una jugada donde siempre ganaría, como mínimo tiempo. Algo muy preciado para el bárbaro.
¿Como lo hizo? Bueno, todo ese tipo de detalles no lo llegaremos a saber nunca. No todos eran legales, pero tampoco ella lo estaba siendo con él. El bárbaro se medía con su propia justicia. Un cazador tiene sus trucos, sus trampas, la experiencia en el combate de un estratega, el tesón de un luchador... El riesgo le atraía, le motivaba, pero sobre todo poseía una maquiavélica mente retorcida, capaz de combinar las habilidades adquiridas, para conseguir sus propósitos. Además como siempre, influyó la suerte. Aunque él mismo, en ese momento no sabía si era de la buena o de la mala.

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