Definición
Pasión: En psicología, se define como la "expresión intensa, incontrolada y permanente, que monopoliza el psiquismo del sujeto encauzándolo obsesivamente hacia una meta determinada". Emoción o sentimiento muy fuerte.
“ Has despertado mi pasión, ahora sé cual es mi objetivo”.
LeGNa
Una vez finalizó el ritual, la rubia Sacerdotisa se acercó a la pareja. Estaba completamente desnuda, lucía extraños tatuajes por todo su cuerpo. Al ver al bárbaro, sintió un repentino pudor y se cubrió con una túnica de un antiguo estampado tradicional. Ginna se la presentó, se llamaba Ilesirka, pero ahí todo el mundo le llamaba Sirka.
Era una mujer joven, alta y grande. Una gran mujer. Trataba de seducir a todo el mundo pues escondía, en el arte de la seducción, su pequeña máscara que le protegía y a la par divertía. Mostraba sin duda que su profesión no había sido algo casual, tenía facilidad para hablar. Muchas cosas en común unían a las dos jóvenes pero sobre todo la rapidez con la que la sacerdotisa conseguía sacar de Ginna no solo su sonrisa, sino toda su soltura.
Los tres se tumbaron en la fina arena blanca. Las olas proporcionaban en el silencio una sensación relajante, solo un lejano sonido del canto de los pájaros delataba que había más vida en ese lugar. Según Sirka se debía recibir al dios sol de esa manera, tumbados como ofrenda y en agradecimiento por la dosis de energía que les aportaba. El salvaje no entendía ese tipo de ofrendas, él les ofrecía su valor en el combate y los muertos que dejaba a su paso. Sus dioses eran crueles.
Estuvieron hablando un largo rato, bromeaban constantemente entre ellas, pero el extranjero no se llegó a sentir desplazado sino al contrario. Sirka en un principio, mantuvo una posición un tanto incomoda hacia ellos dos que le hacía reír a carcajadas, pues parecía que se precipitaba a emparejarlos.
Pasando el rato y ya relajados, el bárbaro sacó una piedra alargada de color negro como el carbón. Se la entregó la vieja hechicera en su visita. La escondió bajo la arena en la zona donde estaban tumbados y disimuladamente hizo como si la acabase de encontrar, regalándosela a Ginna diciéndole:
- Guárdala, te traerá suerte, de la buena. Guiñándole un ojo y sonriendo.
Ella volvió a sonreír y se escondió la piedra entre sus minúsculas ropas, continuando con el ritual seductor de risitas, miradas de ojos brillantes y posturas en las que poco a poco fue mostrando al guerrero los encantos de su cuerpo, tratando de conquistarlo poco a poco. Después de unas horas de constante flirteo, al marchar de ese lugar, Sirka se dirigió al guerrero y le dijo confidencialmente entre sonoros susurros:
-Creo que Ginna está hecha para tí.
El bárbaro le sonrió agradeciéndole sus palabras pero pensó: “Ginna parece perfecta para cualquier hombre” aunque disimuló tratando de no darle importancia a esas palabras. Pero algo en su interior, quizás solo esperanza, le hizo creer que su destino estaba marcado al lado de esa chica.
Recogieron sus cosas y se prepararon para marchar. Él les comentó que dejaría de pasar por la taberna del corazón atrapado, ya que necesitaba todo el tiempo posible para preparar la importante búsqueda del preciado tesoro. Pero en realidad lo que buscaba era que la joven se implicase también y pasar más tiempo a su lado, a solas.
Ginna, como buena anfitriona, le acompaño por el estrecho sendero para despedirle. Los fieles habían desaparecido, posiblemente estaban, con sus rezos, en el Templo y durante el corto camino no se encontraron a nadie. Otra vez solos, la sensación de nervios y timidez los volvió a envolver. Trataron de superarla hablando de temas triviales, intentando romper los incomodos momentos de silencio, hasta que al final llegaron al pequeño bote que había traído al guerrero a la orilla.
Al despedirse se miraron a los ojos, brillaban de una forma especial. Los dos deseaban repetir el abrazo de la última vez y tímidamente se fueron acercando. La cúpula que les había cubierto en numerosas ocasiones se hizo más fuerte en el momento que sus cuerpos volvieron a juntarse. Piel con piel. El bárbaro fue de nuevo sorprendido por la ternura de Ginna que le cogía la cara con delicadeza. Esta vez la sensación fue mucho mayor, ese abrazo podía haber sido un gran broche para una tarde especial pero el guerrero no se podía despegar de ella aún. Trato de hacer que ese abrazo fuese eterno y después de separarse tan sólo un par de dedos, mantuvo cogida a Ginna por las manos, su tacto era cálido y suave. La atrajo hacia él y lentamente acerco su boca a los labios de ella. Había estado deseándolo durante todo el rato que habían estado hablando. Mientras ella le explicaba, él había imaginado lo que sería probar aquellos labios que se movían bailando sensualmente y le atraían de una forma salvaje. Esa chica tenía algo muy especial y deseaba sentirlo, probar por vez primera el néctar de su dulzura. Cada vez más cerca, lentamente, cerrando los ojos, centrándose para sentir el máximo y al mínimo roce de sus labios el bárbaro paró en seco. Sus ojos fijos en los de la chica. La daga de Ginna, con la que tantas veces le había visto jugar, estaba tocándole el cuello con su afilada hoja de forma amenazante.
En cualquier otra ocasión se la podía haber quitado reaccionando en décimas de segundo pero prefirió apartarse lentamente sin dejar de mirarle hasta que poco a poco se dio la vuelta para marchar. Ginna le mantenía sujeto de una de las manos, no lo soltaba. El guerrero se volvió preguntándose el porque le retenía aun, todo le había quedado claro. Ella con un preciso gesto tiró la daga, clavándola hasta la empuñadura en la fina arena. Se acercó al guerrero, siendo ella esta vez, la que busco la boca de este para fundirse en un apasionado beso, sembrado y regado por el cúmulo de días de mutuo deseo. Un beso que desbordó al bárbaro dándole una inyección de seguridad. En ese momento se sintió tan especial como le veía a ella. Se separaron despidiéndose con una sonrisa permanente en sus caras durante un buen rato, recordando durante este cada una de las sensaciones recibidas y deseando repetir.
Al cabo de dos días, volvieron a encontrarse. Estuvieron cenando, disimulando como si nada entre ellos hubiese pasado, pero ese deseo contenido explotaba en el momento menos pensado y volvían a besarse, acariciarse, buscando cualquier roce continuamente. Las armas de seducción de Ginna salían a flote. La chica se mostraba feliz junto al guerrero que aunque temeroso por lo que estaba sucediendo, se dejaba llevar fácilmente tratando de pensar únicamente en el presente.
Tomaron unas jarras de vino en una nueva taberna “La jarra Sucia”. Estuvieron bebiendo, hablando, jugando al divertido juego de la seducción y sobre todo riendo hasta altas horas de la madrugada. Él le explicaba cosas sobre el tesoro de la difícil búsqueda, también le contó que el viaje no lo harían solos, Ginna rápidamente reaccionó, no le gustaba la idea de compartir con alguien más el tesoro, necesitaba saber quien era el 3º aventurero.
El guerrero le condujo hasta el hostal donde estaba hospedado. Desde el exterior no parecía nada lujoso. En la puerta había el letrero con dos dados de color rojo y marcas negras, mostraban las caras tres y siete respectivamente y a pesar de la suma que daban, diez, el nombre del letrero anunciaba “Hostal IMPAR”.
Subieron por unas escaleras, dirección a las habitaciones. Al abrir la puerta salió disparado el 3er aventurero que les iba a acompañar. Una pequeña perra de presa, la fiel compañera del guerrero. Olisqueó atentamente a la extraña, Ginna. Era musculada, de mandíbula muy fuerte y cabezona. Rápidamente las dos se hicieron amigas pues Ginna tenía un don especial con los animales. Se sentía segura con ellos, los apreciaba y pronto se ganaba su confianza.
Ese día la joven pareja jugó a seducirse una vez más pero en esta ocasión estaban completamente solos, encerrados en una habitación, aumentando su deseo mutuamente sin que llegase a pasar nada más que eso, simples juegos. Ninguno de los dos estaban ni dispuestos a arriesgar, ni preparados para dar más pasos que pusieran en peligro ese ambiente mágico que estaban viviendo durante los últimos días. Así terminaron la noche con un muy cariñoso abrazo cargado de sentimiento demasiado controlado, tanto que conseguía frenar la eufórica sensación pero lo suficiente intenso para llenarles de ilusión. Fue una despedida mágica para una noche muy especial. Una pequeña joya de las que ofrece la vida. Un pequeño tesoro.
Poco a poco continuaron conociéndose, el guerrero mostraba en todo momento su frialdad ante las adversidades, su seguridad, su lealtad hacía el mismo y su forma de pensar. Lo cierto es que la diferencia de edad no la sentían cuando estaban juntos, Ginna había vivido muy deprisa. A primera vista, tan solo se podía sentir esa diferencia por la experiencia en el combate y a pesar de ser algo más joven, ella le seguía muy de cerca, pues había tenido una dura vida. Continuamente la chica se quedaba en silencio, mirándole y escuchando como él le hablaba. Este lo hacía siempre con un cariño un tanto inusual para él ya que Ginna le despertaba muchísima ternura. Era una mujer tan especial, todo el mundo lo decía y él cada día que pasaba estaba más convencido. Sus conversaciones eran de todo tipo aunque siempre terminaban haciéndoles sentir bien a los dos y cada día les costaba más separarse.
Un atardecer, el guerrero había salido a comprobar unos rastros, unas pequeñas marcas en el camino que indicaban la dirección a seguir en busca del tesoro. Paseaba con su fiel amiga poco ladradora que rápido olisqueó algo en suelo y empezó a tirar de él hacia una dirección. Podía seguir un rastro en kilómetros, al final encontró lo que buscaba. No era más que a su joven amiga Ginna. Ella y el animal tenían una rara relación de complicidad, se comían a caricias y besos mutuamente. Con Ginna todo parecía diferente. Por cada salto, cada frenético movimiento de cola del animal en muestra de alegría, Ginna sonreía y por cada sonrisa de ella, la alegre perra enloquecía un poco más. Al bárbaro la imagen de las dos juntas jugando le causaba una satisfacción interior difícil de describir, se sentía lleno, se quedaba mirándolas parado y simplemente sonreía. Disfrutaba enormemente con esa visión.
Ese día decidieron ir a comer juntos al “hostal Impar”. Al terminar de comer subieron a la habitación que tenía el bárbaro con la excusa de enseñarle algo referente a la búsqueda, pero lo cierto es que solo era eso, una excusa pues los dos buscaban estar de nuevo esa intimidad.
Ginna subía las escaleras, acariciando suavemente la barandilla de madera recién pulida, se giró sonriendo con una pícara mirada hacia él que perseguía las formas de su cuerpo entre la ropa de la chica. Tratando de provocar cada vez más al bárbaro, continuaba subiendo lentamente, acentuando el movimiento de sus caderas a cada paso, mirándole, sacando la lengua y deslizándola por sus labios. Los dos sonreían, el brillo de sus ojos y su alegre cara mostraban el estado de euforia de los jóvenes.
Al cruzar la puerta, una ola de deseo y temor frenó de repente a la chica y por un momento, al ver la cara de diablo del bárbaro, se arrepintió de esos juegos de seducción. El guerrero, reaccionó de nuevo rápido, sintió su temor y trato de calmarla, no pretendía que el camino que habían recorrido hasta ahora se rompiera por forzar una situación que imaginaba llegaría tarde o temprano. Así que le intentó tranquilizar diciéndole que no pasaría nada que ella no quisiese y tratando de ganar su confianza le condujo dentro y empezó a contar una historia.
"Era la leyenda que explicaban sus antepasados. Hablaba de un guerrero, como él. Cansado de luchar, que solo buscaba conseguir suficientes tierras y dinero para empezar una vida más relajada. Deseaba formar un hogar, una estabilidad emocional por parte de una pareja acorde a sus creencias, tener descendencia, enseñar y educar a sus hijos y pasar el resto de su vida con una sola mujer. Pero para todo esto necesitaba primero tener esas tierras, ese dinero y sobre todo lo más difícil, una mujer especial. Una que le valorara tanto que le hiciera sentirse único, sentirse libre, que le diera la confianza para ser una buena madre, con personalidad fuerte para afrontar todos los problemas que trae la vida... No le gustaban las princesas que no han tenido que luchar en esta dura vida, carecían de esa personalidad, siempre lo habían obtenido todo de forma fácil . El guerrero sabía que quería exactamente y sabía que no se juntaría con cualquiera. A la vez necesitaba sentir la libertad de esa persona para saber que en todo momento le escogía a él, eso le haría sentir especial, único, el mejor y eso precisamente le trataría de hacer sentir a ella cuando la encontrase..."
Mientras le explicaba ese extraño cuento, el bárbaro le miraba deseándola con un brillo especial en sus ojos. No era un simple deseo físico, era algo más y necesitaba sentir por su parte algo más tambien. Necesitaba sentir el interior de la chica para poderse dejar llevar completamente, en cuerpo y alma. Estaba demasiado acostumbrado a sentir únicamente los cuerpos de mujeres, cuerpos vacíos. La curiosidad por la atracción de cuerpos que despierta en los jóvenes el sexo hacía mucho tiempo que la había perdido. Ahora necesitaba más, mucho más.
El guerrero necesitaba sentir su alma, sentir que sus sensaciones se volvían a despertar como cuando era un adolescente, sentirse joven, deseado, pero sobre todo sentirse único y tan especial como le sentía a ella. Deseaba tener sensaciones como en el campo de batalla, necesitaba sentirse libre, salvaje, despertar su instinto animal, sentir que nadie le podía detener, explotar en sensaciones... Esas parecidas al amor verdadero que existía únicamente en su mente.
Mientras hablaba entre susurros, acariciaba con ternura el cuerpo de Ginna despertando tanto sus sentidos como los de la chica tumbada junto a él. Acercaba su boca al oído de ella, soltando a golpes de aliento sílaba tras sílaba continuaba hablando mientras iba besando su cara lentamente, su mejilla, el lóbulo de su oreja, continuando con sus caricias. Los labios de Ginna se entre abrían ofreciéndoselos al guerrero para recoger sus besos, pero el bárbaro los esquivaba tratando de aumentar su deseo, tan solo permitía una leve y suave caricia con los suyos. Él descendía poco a poco hasta el cuello, la otra tierna mejilla y de nuevo pasaba por sus labios, sin detenerse, sin besarlos intensamente. Trataba de envolverle en su propio deseo para despertar el de Ginna.Cada una de las palabras se volvían más lentas, cortadas entre silabas por golpes de una intensa respiración, de otro beso. Estaba empezando a sentirla mientras el deseo crecía más y más...
La piel de los dos jóvenes se volvía cada vez más sensible, se erizaba con pequeños escalofríos que recorrían su espalda, sentían como se aceleraba su respiración, como su corazón bombeaba pesadamente la sangre, más rápido y más fuerte en dirección a todos sus sentidos. Cuerpos encantados por el intenso ritmo y repletos de sensaciones que sin saber cuando empezaron a moverse, buscándose el uno al otro, acercándose como por arte de magia, rozando toda su extensión, de la cabeza a los pies, perdiendo poco a poco la rigidez y dejándose llevar lentamente.
Cada respiración, cada beso, impregnaban de ritmo sus cuerpos, que despertaban buscándose, cada vez más pegados. Con cada susurro del bárbaro, cada vez que sus labios rozaban los de Ginna, hacía que esta cerrara los ojos y volvía a abrir delicadamente la boca recibiendo sus besos, ofreciendo sus dilatados labios, tratando de sujetar los del guerrero con los suyos, enlazar sus húmedas lenguas que saboreaban todo el deseo almacenado. La respiración cada vez más profunda aumentaba acelerándose, como en la subida a una alta cumbre acompañada de ese lento movimiento del más puro deseo físico. El contacto de las distintas partes de sus cuerpos elevaba el nivel lentamente a un paso más.
El bárbaro seguía susurrando con dulzura y con cada susurro nuevas oleadas de sensaciones. Deseaba sentir la excitación de la chica, que ella sintiese la suya, llevarla a un extremo, el máximo posible. Le explicaba poco a poco, con ternura, silaba a silaba entregada en los labios de Ginna dulcemente:
"Cuentan los sabios y ancianos hechiceros de los antiguos poblados a modo de leyenda, que cada hombre y mujer esta representado por un animal. A este animal le llaman Tótem y cada uno de nosotros tenemos ese tótem interior, un solo animal dentro nuestro. Conociendo tu tótem, puedes saber gran parte de ti y una vez lo conoces, por un instinto animal, puedes llegar a reconocer el de los demás."
El tótem de Ginna lo mostraba con su elegancia, en su forma de caminar, con su porte, su salvaje mirada, sus temibles garras, su forma de luchar, su forma de pasar por la vida silenciosa, su joven rebeldía, su independencia, su necesidad de libertad... Muchos eran los signos que ella demostraba al que lo quisiese analizar. El guerrero lo vio claro un día que le esperaba. Su tótem era una pantera negra, se movía como ella de un lado a otro, como enjaulada en su situación personal. Él solo trataría de liberarla creyendo que así le haría feliz. Una extraña sensación de algo que necesitaba hacer, hacerle feliz. Liberar esa pantera de oscura piel, esa sombra.
"En algunas ocasiones, muchas de ellas extremas, el animal interior, el tótem, sale hacia el exterior tanto que incluso la gente dice que esa persona cambia su estado físico, sus formas, convirtiéndose en ese animal como por arte de magia. Le debemos respeto a nuestro tótem, nos protege, nos ayuda y nos da la habilidad del animal interior necesaria en cada momento. Por eso debemos ser respetuosos con todos los animales."
Casualmente el animal interior del guerrero era otro gran felino, lo había observado muchas veces, se sentía muy identificado con él. Un solitario tigre. En numerosas ocasiones, su tótem había conseguido salir al exterior, muchas batallas las había ganado a base de la potencia, fuerza y rabia que el tótem le había ofrecido, contagiando esa fuerza y volcándola contra sus enemigos en los momentos más crudos. Desde pequeño lo sintió, lo educó para que saliese así. Encerrado en su soledad.
Pero esta noche no había ninguna batalla que librar. Esta noche no necesitaba derrotar a ningún enemigo y aun así ellos empezaban a perder totalmente el control. El fuerte deseo, la acelerada respiración, el rítmico sonido de las palabras, el cálido aliento unido al calor corporal que desprendían y los sensuales movimientos estaban, sin saber porque, despertando a los tótems de los dos, algo muy raro pero no casual.
Ginna temía ese tipo de sensaciones que se le escapaban de su control. Trató por un momento de frenar la situación levantándose, pero ya era demasiado tarde. El guerrero le cerró el paso, sabía que era lo que ella deseaba y como un tigre a su presa le sujetó para empezar a saborear toda su piel salvajemente sin que ella pusiera más resistencia pues estaba luchando también contra todo su deseo descontrolado. La tenía en la fina linea, al borde del limite y sólo le quedaba traspasarla. Le deseaba. Lo podía sentir. Olía su cuerpo, recorriendo con sus labios y saboreando todo ese deseo de Ginna. Su tótem ya estaba despierto, las caricias y los besos eran de una intensidad casi agresiva, el instinto animal revolucionaba todo ese tipo de juegos. Deseaba terminar de provocar el de ella y éste no se hizo esperar, no tardó en despertar toda su pasión. Al fin explotó. Su respiración era frenética, intensa, potente. El deseo estaba totalmente desbordado. Dos cuerpos descontrolados sedientos de placer.
Dos animales dominantes de la misma especie y distinto sexo, se pueden encontrar cara a cara y en muy raras ocasiones explotar de una forma salvaje todo su deseo. Los tótems se habían terminado de encontrar, dos potentes felinos, los suaves y tiernos movimientos se volvían más duros y profundos. La pasión acababa de emerger entre los dos.
Aceleraban su respiración haciéndola más intensa, necesitaban más oxigeno para todos sus músculos activos, para su mente descontrolada. Sus besos cada vez más carnales, pasaban a ser casi mordiscos. Cuerpos tensos que se cogían, agarraban en una especie de danza donde se acariciaban intensamente bajo coreografías instintivas, lamiendo su deseo y sintiendo su interior. Necesitaba penetrarla, sentirse dentro de ella, poco a poco, disfrutando lentamente de las sensaciones que producía entrar en ese húmedo pozo de deseo. Ella le busco abriendo el cálido camino hasta estar totalmente dentro, sintiendola completamente. Ginna gimió como una pantera al sentirlo. No dejaba de moverse buscando mayor contacto con el cuerpo del bárbaro, sus besos apasionados, el calor de toda su piel.
Las manos del guerrero le sujetaban con fuerza. Las palmas juntas y los dedos entrelazados. Tensaba todos sus músculos para embestir con duros movimientos pélvicos el interior del cuerpo de Ginna, a un ritmo lento y profundo como los tambores de guerra de las tribus del sur. Ella se retorcía de placer, utilizando sus uñas de pantera para agarrarle, clavárselas en la espalda, mordiendo el cuello del bárbaro, sujetando a su presa, despertando su instinto más salvaje. Él se detenía unos segundos, miraba a Ginna con la cara de un diablo, le sonreía, le besaba intensamente y volvía a dejarse llevar por todas las sensaciones que ella le producía golpeando intensamente y una vez más, su interior, haciendo que la penetración fuese mayor. Bailaban juntos esa rítmica danza, totalmente compenetrados una y otra vez, poco a poco más rápido, más fuerte, casi doloroso. Dolor y placer, extraña mezcla.
Sus caras desencajadas, los labios hinchados y salidos, la boca húmeda y caliente, los ojos medio cerrados, dulces gemidos acompañando el ritmo de ese intenso baile, mostraban todo el placer que recibían sus cuerpos, se contraían fuertemente pegándose el uno al otro con lentas pero duras sacudidas, la respiración continuaba intensa rítmica, acelerándose por momentos a la vez que se aceleraban sus movimientos. Sus miradas se cruzaban brillando como nunca, la atracción era sobrenatural, sonreían sin parar para volverse a juntar con sus labios, parecía no tener fin...
Escalofríos recorrían sus cuerpos, casi eléctricos, despertando toda esa química de placer. La pasión golpeaba como oleadas una y otra vez, dando pequeños segundos de descanso, recuperar algo de aire para brotar aun con más fuerza. A pesar de toda la experiencia nunca había sentido nada igual. Salvajemente diferente. Sus totems enfrentados en una singular pelea de dominación y sumisión.
Las continuas caricias no cesaban, el placer continuaba sacudiendo sus cuerpos, haciéndoles contraerse, erizando su piel, buscándose mutuamente y demostrándose todo su desenfrenado deseo. Parecía que por fin se habían encontrado el uno al otro y ahora lo podían sentir, era imposible detener eso.
Dulces gemidos surgían de sus bocas entre la intensa respiración, el sudor cubría sus cuerpos mezclándose con la cantidad de jugos que estos emanaban, el dulce sabor del placer que hacía un rato había podido saborear del interior del cuerpo de Ginna. El sabor de la excitación despertaba cada vez más su sediento deseo. El juego estaba totalmente volcado en dar y recibir placer pero sobre todo en un torrente de sensaciones que los dos buscaban. Una y otra vez se repetía con más intensidad, más lentamente, más ardientemente, para volver a aumentar el ritmo de nuevo hasta conseguir arrancar los chillidos de Ginna con un nuevo orgasmo y aun así, agotados, no cesaban estaban completamente entregados el uno con el otro.
Pasadas varias horas terminaron lentamente hasta detenerse. Cayeron derrotados por el cansancio. Tan solo la ternura quedaba en esos instantes. Los tótems volvieron al interior, separándose, escondiéndose. Llegaba la relajación, las dulces y tiernas miradas, las caricias más inocentes.
Los dos sentían que había sido algo realmente especial, algo único, pero ninguno se atrevió a decirlo. No pronunciaron ninguna palabra para no estropear ese momento. Simplemente en silencio se abrazaban mientras hablaban con sus miradas y con sus tiernas caricias.
Quizás nunca más volverían a repetir un momento así. Habían descubierto algo, el uno del otro, que les hacía temblar solo con pensarlo. Les aterrorizaba perder ese control. Ahora el guerrero, después de muchos años, conocía que era la pasión y sabía cual era su objetivo en la vida. Disfrutar el placer de sentirse vivo.
Capítulo 4 - La Trama / La Trampa
Pasión: En psicología, se define como la "expresión intensa, incontrolada y permanente, que monopoliza el psiquismo del sujeto encauzándolo obsesivamente hacia una meta determinada". Emoción o sentimiento muy fuerte.
“ Has despertado mi pasión, ahora sé cual es mi objetivo”.
LeGNa
Una vez finalizó el ritual, la rubia Sacerdotisa se acercó a la pareja. Estaba completamente desnuda, lucía extraños tatuajes por todo su cuerpo. Al ver al bárbaro, sintió un repentino pudor y se cubrió con una túnica de un antiguo estampado tradicional. Ginna se la presentó, se llamaba Ilesirka, pero ahí todo el mundo le llamaba Sirka.
Era una mujer joven, alta y grande. Una gran mujer. Trataba de seducir a todo el mundo pues escondía, en el arte de la seducción, su pequeña máscara que le protegía y a la par divertía. Mostraba sin duda que su profesión no había sido algo casual, tenía facilidad para hablar. Muchas cosas en común unían a las dos jóvenes pero sobre todo la rapidez con la que la sacerdotisa conseguía sacar de Ginna no solo su sonrisa, sino toda su soltura.
Los tres se tumbaron en la fina arena blanca. Las olas proporcionaban en el silencio una sensación relajante, solo un lejano sonido del canto de los pájaros delataba que había más vida en ese lugar. Según Sirka se debía recibir al dios sol de esa manera, tumbados como ofrenda y en agradecimiento por la dosis de energía que les aportaba. El salvaje no entendía ese tipo de ofrendas, él les ofrecía su valor en el combate y los muertos que dejaba a su paso. Sus dioses eran crueles.
Estuvieron hablando un largo rato, bromeaban constantemente entre ellas, pero el extranjero no se llegó a sentir desplazado sino al contrario. Sirka en un principio, mantuvo una posición un tanto incomoda hacia ellos dos que le hacía reír a carcajadas, pues parecía que se precipitaba a emparejarlos.
Pasando el rato y ya relajados, el bárbaro sacó una piedra alargada de color negro como el carbón. Se la entregó la vieja hechicera en su visita. La escondió bajo la arena en la zona donde estaban tumbados y disimuladamente hizo como si la acabase de encontrar, regalándosela a Ginna diciéndole:
- Guárdala, te traerá suerte, de la buena. Guiñándole un ojo y sonriendo.
Ella volvió a sonreír y se escondió la piedra entre sus minúsculas ropas, continuando con el ritual seductor de risitas, miradas de ojos brillantes y posturas en las que poco a poco fue mostrando al guerrero los encantos de su cuerpo, tratando de conquistarlo poco a poco. Después de unas horas de constante flirteo, al marchar de ese lugar, Sirka se dirigió al guerrero y le dijo confidencialmente entre sonoros susurros:
-Creo que Ginna está hecha para tí.
El bárbaro le sonrió agradeciéndole sus palabras pero pensó: “Ginna parece perfecta para cualquier hombre” aunque disimuló tratando de no darle importancia a esas palabras. Pero algo en su interior, quizás solo esperanza, le hizo creer que su destino estaba marcado al lado de esa chica.
Recogieron sus cosas y se prepararon para marchar. Él les comentó que dejaría de pasar por la taberna del corazón atrapado, ya que necesitaba todo el tiempo posible para preparar la importante búsqueda del preciado tesoro. Pero en realidad lo que buscaba era que la joven se implicase también y pasar más tiempo a su lado, a solas.
Ginna, como buena anfitriona, le acompaño por el estrecho sendero para despedirle. Los fieles habían desaparecido, posiblemente estaban, con sus rezos, en el Templo y durante el corto camino no se encontraron a nadie. Otra vez solos, la sensación de nervios y timidez los volvió a envolver. Trataron de superarla hablando de temas triviales, intentando romper los incomodos momentos de silencio, hasta que al final llegaron al pequeño bote que había traído al guerrero a la orilla.
Al despedirse se miraron a los ojos, brillaban de una forma especial. Los dos deseaban repetir el abrazo de la última vez y tímidamente se fueron acercando. La cúpula que les había cubierto en numerosas ocasiones se hizo más fuerte en el momento que sus cuerpos volvieron a juntarse. Piel con piel. El bárbaro fue de nuevo sorprendido por la ternura de Ginna que le cogía la cara con delicadeza. Esta vez la sensación fue mucho mayor, ese abrazo podía haber sido un gran broche para una tarde especial pero el guerrero no se podía despegar de ella aún. Trato de hacer que ese abrazo fuese eterno y después de separarse tan sólo un par de dedos, mantuvo cogida a Ginna por las manos, su tacto era cálido y suave. La atrajo hacia él y lentamente acerco su boca a los labios de ella. Había estado deseándolo durante todo el rato que habían estado hablando. Mientras ella le explicaba, él había imaginado lo que sería probar aquellos labios que se movían bailando sensualmente y le atraían de una forma salvaje. Esa chica tenía algo muy especial y deseaba sentirlo, probar por vez primera el néctar de su dulzura. Cada vez más cerca, lentamente, cerrando los ojos, centrándose para sentir el máximo y al mínimo roce de sus labios el bárbaro paró en seco. Sus ojos fijos en los de la chica. La daga de Ginna, con la que tantas veces le había visto jugar, estaba tocándole el cuello con su afilada hoja de forma amenazante.
En cualquier otra ocasión se la podía haber quitado reaccionando en décimas de segundo pero prefirió apartarse lentamente sin dejar de mirarle hasta que poco a poco se dio la vuelta para marchar. Ginna le mantenía sujeto de una de las manos, no lo soltaba. El guerrero se volvió preguntándose el porque le retenía aun, todo le había quedado claro. Ella con un preciso gesto tiró la daga, clavándola hasta la empuñadura en la fina arena. Se acercó al guerrero, siendo ella esta vez, la que busco la boca de este para fundirse en un apasionado beso, sembrado y regado por el cúmulo de días de mutuo deseo. Un beso que desbordó al bárbaro dándole una inyección de seguridad. En ese momento se sintió tan especial como le veía a ella. Se separaron despidiéndose con una sonrisa permanente en sus caras durante un buen rato, recordando durante este cada una de las sensaciones recibidas y deseando repetir.
Al cabo de dos días, volvieron a encontrarse. Estuvieron cenando, disimulando como si nada entre ellos hubiese pasado, pero ese deseo contenido explotaba en el momento menos pensado y volvían a besarse, acariciarse, buscando cualquier roce continuamente. Las armas de seducción de Ginna salían a flote. La chica se mostraba feliz junto al guerrero que aunque temeroso por lo que estaba sucediendo, se dejaba llevar fácilmente tratando de pensar únicamente en el presente.
Tomaron unas jarras de vino en una nueva taberna “La jarra Sucia”. Estuvieron bebiendo, hablando, jugando al divertido juego de la seducción y sobre todo riendo hasta altas horas de la madrugada. Él le explicaba cosas sobre el tesoro de la difícil búsqueda, también le contó que el viaje no lo harían solos, Ginna rápidamente reaccionó, no le gustaba la idea de compartir con alguien más el tesoro, necesitaba saber quien era el 3º aventurero.
El guerrero le condujo hasta el hostal donde estaba hospedado. Desde el exterior no parecía nada lujoso. En la puerta había el letrero con dos dados de color rojo y marcas negras, mostraban las caras tres y siete respectivamente y a pesar de la suma que daban, diez, el nombre del letrero anunciaba “Hostal IMPAR”.
Subieron por unas escaleras, dirección a las habitaciones. Al abrir la puerta salió disparado el 3er aventurero que les iba a acompañar. Una pequeña perra de presa, la fiel compañera del guerrero. Olisqueó atentamente a la extraña, Ginna. Era musculada, de mandíbula muy fuerte y cabezona. Rápidamente las dos se hicieron amigas pues Ginna tenía un don especial con los animales. Se sentía segura con ellos, los apreciaba y pronto se ganaba su confianza.
Ese día la joven pareja jugó a seducirse una vez más pero en esta ocasión estaban completamente solos, encerrados en una habitación, aumentando su deseo mutuamente sin que llegase a pasar nada más que eso, simples juegos. Ninguno de los dos estaban ni dispuestos a arriesgar, ni preparados para dar más pasos que pusieran en peligro ese ambiente mágico que estaban viviendo durante los últimos días. Así terminaron la noche con un muy cariñoso abrazo cargado de sentimiento demasiado controlado, tanto que conseguía frenar la eufórica sensación pero lo suficiente intenso para llenarles de ilusión. Fue una despedida mágica para una noche muy especial. Una pequeña joya de las que ofrece la vida. Un pequeño tesoro.
Poco a poco continuaron conociéndose, el guerrero mostraba en todo momento su frialdad ante las adversidades, su seguridad, su lealtad hacía el mismo y su forma de pensar. Lo cierto es que la diferencia de edad no la sentían cuando estaban juntos, Ginna había vivido muy deprisa. A primera vista, tan solo se podía sentir esa diferencia por la experiencia en el combate y a pesar de ser algo más joven, ella le seguía muy de cerca, pues había tenido una dura vida. Continuamente la chica se quedaba en silencio, mirándole y escuchando como él le hablaba. Este lo hacía siempre con un cariño un tanto inusual para él ya que Ginna le despertaba muchísima ternura. Era una mujer tan especial, todo el mundo lo decía y él cada día que pasaba estaba más convencido. Sus conversaciones eran de todo tipo aunque siempre terminaban haciéndoles sentir bien a los dos y cada día les costaba más separarse.
Un atardecer, el guerrero había salido a comprobar unos rastros, unas pequeñas marcas en el camino que indicaban la dirección a seguir en busca del tesoro. Paseaba con su fiel amiga poco ladradora que rápido olisqueó algo en suelo y empezó a tirar de él hacia una dirección. Podía seguir un rastro en kilómetros, al final encontró lo que buscaba. No era más que a su joven amiga Ginna. Ella y el animal tenían una rara relación de complicidad, se comían a caricias y besos mutuamente. Con Ginna todo parecía diferente. Por cada salto, cada frenético movimiento de cola del animal en muestra de alegría, Ginna sonreía y por cada sonrisa de ella, la alegre perra enloquecía un poco más. Al bárbaro la imagen de las dos juntas jugando le causaba una satisfacción interior difícil de describir, se sentía lleno, se quedaba mirándolas parado y simplemente sonreía. Disfrutaba enormemente con esa visión.
Ese día decidieron ir a comer juntos al “hostal Impar”. Al terminar de comer subieron a la habitación que tenía el bárbaro con la excusa de enseñarle algo referente a la búsqueda, pero lo cierto es que solo era eso, una excusa pues los dos buscaban estar de nuevo esa intimidad.
Ginna subía las escaleras, acariciando suavemente la barandilla de madera recién pulida, se giró sonriendo con una pícara mirada hacia él que perseguía las formas de su cuerpo entre la ropa de la chica. Tratando de provocar cada vez más al bárbaro, continuaba subiendo lentamente, acentuando el movimiento de sus caderas a cada paso, mirándole, sacando la lengua y deslizándola por sus labios. Los dos sonreían, el brillo de sus ojos y su alegre cara mostraban el estado de euforia de los jóvenes.
Al cruzar la puerta, una ola de deseo y temor frenó de repente a la chica y por un momento, al ver la cara de diablo del bárbaro, se arrepintió de esos juegos de seducción. El guerrero, reaccionó de nuevo rápido, sintió su temor y trato de calmarla, no pretendía que el camino que habían recorrido hasta ahora se rompiera por forzar una situación que imaginaba llegaría tarde o temprano. Así que le intentó tranquilizar diciéndole que no pasaría nada que ella no quisiese y tratando de ganar su confianza le condujo dentro y empezó a contar una historia.
"Era la leyenda que explicaban sus antepasados. Hablaba de un guerrero, como él. Cansado de luchar, que solo buscaba conseguir suficientes tierras y dinero para empezar una vida más relajada. Deseaba formar un hogar, una estabilidad emocional por parte de una pareja acorde a sus creencias, tener descendencia, enseñar y educar a sus hijos y pasar el resto de su vida con una sola mujer. Pero para todo esto necesitaba primero tener esas tierras, ese dinero y sobre todo lo más difícil, una mujer especial. Una que le valorara tanto que le hiciera sentirse único, sentirse libre, que le diera la confianza para ser una buena madre, con personalidad fuerte para afrontar todos los problemas que trae la vida... No le gustaban las princesas que no han tenido que luchar en esta dura vida, carecían de esa personalidad, siempre lo habían obtenido todo de forma fácil . El guerrero sabía que quería exactamente y sabía que no se juntaría con cualquiera. A la vez necesitaba sentir la libertad de esa persona para saber que en todo momento le escogía a él, eso le haría sentir especial, único, el mejor y eso precisamente le trataría de hacer sentir a ella cuando la encontrase..."
Mientras le explicaba ese extraño cuento, el bárbaro le miraba deseándola con un brillo especial en sus ojos. No era un simple deseo físico, era algo más y necesitaba sentir por su parte algo más tambien. Necesitaba sentir el interior de la chica para poderse dejar llevar completamente, en cuerpo y alma. Estaba demasiado acostumbrado a sentir únicamente los cuerpos de mujeres, cuerpos vacíos. La curiosidad por la atracción de cuerpos que despierta en los jóvenes el sexo hacía mucho tiempo que la había perdido. Ahora necesitaba más, mucho más.
El guerrero necesitaba sentir su alma, sentir que sus sensaciones se volvían a despertar como cuando era un adolescente, sentirse joven, deseado, pero sobre todo sentirse único y tan especial como le sentía a ella. Deseaba tener sensaciones como en el campo de batalla, necesitaba sentirse libre, salvaje, despertar su instinto animal, sentir que nadie le podía detener, explotar en sensaciones... Esas parecidas al amor verdadero que existía únicamente en su mente.
Mientras hablaba entre susurros, acariciaba con ternura el cuerpo de Ginna despertando tanto sus sentidos como los de la chica tumbada junto a él. Acercaba su boca al oído de ella, soltando a golpes de aliento sílaba tras sílaba continuaba hablando mientras iba besando su cara lentamente, su mejilla, el lóbulo de su oreja, continuando con sus caricias. Los labios de Ginna se entre abrían ofreciéndoselos al guerrero para recoger sus besos, pero el bárbaro los esquivaba tratando de aumentar su deseo, tan solo permitía una leve y suave caricia con los suyos. Él descendía poco a poco hasta el cuello, la otra tierna mejilla y de nuevo pasaba por sus labios, sin detenerse, sin besarlos intensamente. Trataba de envolverle en su propio deseo para despertar el de Ginna.Cada una de las palabras se volvían más lentas, cortadas entre silabas por golpes de una intensa respiración, de otro beso. Estaba empezando a sentirla mientras el deseo crecía más y más...
La piel de los dos jóvenes se volvía cada vez más sensible, se erizaba con pequeños escalofríos que recorrían su espalda, sentían como se aceleraba su respiración, como su corazón bombeaba pesadamente la sangre, más rápido y más fuerte en dirección a todos sus sentidos. Cuerpos encantados por el intenso ritmo y repletos de sensaciones que sin saber cuando empezaron a moverse, buscándose el uno al otro, acercándose como por arte de magia, rozando toda su extensión, de la cabeza a los pies, perdiendo poco a poco la rigidez y dejándose llevar lentamente.
Cada respiración, cada beso, impregnaban de ritmo sus cuerpos, que despertaban buscándose, cada vez más pegados. Con cada susurro del bárbaro, cada vez que sus labios rozaban los de Ginna, hacía que esta cerrara los ojos y volvía a abrir delicadamente la boca recibiendo sus besos, ofreciendo sus dilatados labios, tratando de sujetar los del guerrero con los suyos, enlazar sus húmedas lenguas que saboreaban todo el deseo almacenado. La respiración cada vez más profunda aumentaba acelerándose, como en la subida a una alta cumbre acompañada de ese lento movimiento del más puro deseo físico. El contacto de las distintas partes de sus cuerpos elevaba el nivel lentamente a un paso más.
El bárbaro seguía susurrando con dulzura y con cada susurro nuevas oleadas de sensaciones. Deseaba sentir la excitación de la chica, que ella sintiese la suya, llevarla a un extremo, el máximo posible. Le explicaba poco a poco, con ternura, silaba a silaba entregada en los labios de Ginna dulcemente:
"Cuentan los sabios y ancianos hechiceros de los antiguos poblados a modo de leyenda, que cada hombre y mujer esta representado por un animal. A este animal le llaman Tótem y cada uno de nosotros tenemos ese tótem interior, un solo animal dentro nuestro. Conociendo tu tótem, puedes saber gran parte de ti y una vez lo conoces, por un instinto animal, puedes llegar a reconocer el de los demás."
El tótem de Ginna lo mostraba con su elegancia, en su forma de caminar, con su porte, su salvaje mirada, sus temibles garras, su forma de luchar, su forma de pasar por la vida silenciosa, su joven rebeldía, su independencia, su necesidad de libertad... Muchos eran los signos que ella demostraba al que lo quisiese analizar. El guerrero lo vio claro un día que le esperaba. Su tótem era una pantera negra, se movía como ella de un lado a otro, como enjaulada en su situación personal. Él solo trataría de liberarla creyendo que así le haría feliz. Una extraña sensación de algo que necesitaba hacer, hacerle feliz. Liberar esa pantera de oscura piel, esa sombra.
"En algunas ocasiones, muchas de ellas extremas, el animal interior, el tótem, sale hacia el exterior tanto que incluso la gente dice que esa persona cambia su estado físico, sus formas, convirtiéndose en ese animal como por arte de magia. Le debemos respeto a nuestro tótem, nos protege, nos ayuda y nos da la habilidad del animal interior necesaria en cada momento. Por eso debemos ser respetuosos con todos los animales."
Casualmente el animal interior del guerrero era otro gran felino, lo había observado muchas veces, se sentía muy identificado con él. Un solitario tigre. En numerosas ocasiones, su tótem había conseguido salir al exterior, muchas batallas las había ganado a base de la potencia, fuerza y rabia que el tótem le había ofrecido, contagiando esa fuerza y volcándola contra sus enemigos en los momentos más crudos. Desde pequeño lo sintió, lo educó para que saliese así. Encerrado en su soledad.
Pero esta noche no había ninguna batalla que librar. Esta noche no necesitaba derrotar a ningún enemigo y aun así ellos empezaban a perder totalmente el control. El fuerte deseo, la acelerada respiración, el rítmico sonido de las palabras, el cálido aliento unido al calor corporal que desprendían y los sensuales movimientos estaban, sin saber porque, despertando a los tótems de los dos, algo muy raro pero no casual.
Ginna temía ese tipo de sensaciones que se le escapaban de su control. Trató por un momento de frenar la situación levantándose, pero ya era demasiado tarde. El guerrero le cerró el paso, sabía que era lo que ella deseaba y como un tigre a su presa le sujetó para empezar a saborear toda su piel salvajemente sin que ella pusiera más resistencia pues estaba luchando también contra todo su deseo descontrolado. La tenía en la fina linea, al borde del limite y sólo le quedaba traspasarla. Le deseaba. Lo podía sentir. Olía su cuerpo, recorriendo con sus labios y saboreando todo ese deseo de Ginna. Su tótem ya estaba despierto, las caricias y los besos eran de una intensidad casi agresiva, el instinto animal revolucionaba todo ese tipo de juegos. Deseaba terminar de provocar el de ella y éste no se hizo esperar, no tardó en despertar toda su pasión. Al fin explotó. Su respiración era frenética, intensa, potente. El deseo estaba totalmente desbordado. Dos cuerpos descontrolados sedientos de placer.
Dos animales dominantes de la misma especie y distinto sexo, se pueden encontrar cara a cara y en muy raras ocasiones explotar de una forma salvaje todo su deseo. Los tótems se habían terminado de encontrar, dos potentes felinos, los suaves y tiernos movimientos se volvían más duros y profundos. La pasión acababa de emerger entre los dos.
Aceleraban su respiración haciéndola más intensa, necesitaban más oxigeno para todos sus músculos activos, para su mente descontrolada. Sus besos cada vez más carnales, pasaban a ser casi mordiscos. Cuerpos tensos que se cogían, agarraban en una especie de danza donde se acariciaban intensamente bajo coreografías instintivas, lamiendo su deseo y sintiendo su interior. Necesitaba penetrarla, sentirse dentro de ella, poco a poco, disfrutando lentamente de las sensaciones que producía entrar en ese húmedo pozo de deseo. Ella le busco abriendo el cálido camino hasta estar totalmente dentro, sintiendola completamente. Ginna gimió como una pantera al sentirlo. No dejaba de moverse buscando mayor contacto con el cuerpo del bárbaro, sus besos apasionados, el calor de toda su piel.
Las manos del guerrero le sujetaban con fuerza. Las palmas juntas y los dedos entrelazados. Tensaba todos sus músculos para embestir con duros movimientos pélvicos el interior del cuerpo de Ginna, a un ritmo lento y profundo como los tambores de guerra de las tribus del sur. Ella se retorcía de placer, utilizando sus uñas de pantera para agarrarle, clavárselas en la espalda, mordiendo el cuello del bárbaro, sujetando a su presa, despertando su instinto más salvaje. Él se detenía unos segundos, miraba a Ginna con la cara de un diablo, le sonreía, le besaba intensamente y volvía a dejarse llevar por todas las sensaciones que ella le producía golpeando intensamente y una vez más, su interior, haciendo que la penetración fuese mayor. Bailaban juntos esa rítmica danza, totalmente compenetrados una y otra vez, poco a poco más rápido, más fuerte, casi doloroso. Dolor y placer, extraña mezcla.
Sus caras desencajadas, los labios hinchados y salidos, la boca húmeda y caliente, los ojos medio cerrados, dulces gemidos acompañando el ritmo de ese intenso baile, mostraban todo el placer que recibían sus cuerpos, se contraían fuertemente pegándose el uno al otro con lentas pero duras sacudidas, la respiración continuaba intensa rítmica, acelerándose por momentos a la vez que se aceleraban sus movimientos. Sus miradas se cruzaban brillando como nunca, la atracción era sobrenatural, sonreían sin parar para volverse a juntar con sus labios, parecía no tener fin...
Escalofríos recorrían sus cuerpos, casi eléctricos, despertando toda esa química de placer. La pasión golpeaba como oleadas una y otra vez, dando pequeños segundos de descanso, recuperar algo de aire para brotar aun con más fuerza. A pesar de toda la experiencia nunca había sentido nada igual. Salvajemente diferente. Sus totems enfrentados en una singular pelea de dominación y sumisión.
Las continuas caricias no cesaban, el placer continuaba sacudiendo sus cuerpos, haciéndoles contraerse, erizando su piel, buscándose mutuamente y demostrándose todo su desenfrenado deseo. Parecía que por fin se habían encontrado el uno al otro y ahora lo podían sentir, era imposible detener eso.
Dulces gemidos surgían de sus bocas entre la intensa respiración, el sudor cubría sus cuerpos mezclándose con la cantidad de jugos que estos emanaban, el dulce sabor del placer que hacía un rato había podido saborear del interior del cuerpo de Ginna. El sabor de la excitación despertaba cada vez más su sediento deseo. El juego estaba totalmente volcado en dar y recibir placer pero sobre todo en un torrente de sensaciones que los dos buscaban. Una y otra vez se repetía con más intensidad, más lentamente, más ardientemente, para volver a aumentar el ritmo de nuevo hasta conseguir arrancar los chillidos de Ginna con un nuevo orgasmo y aun así, agotados, no cesaban estaban completamente entregados el uno con el otro.
Pasadas varias horas terminaron lentamente hasta detenerse. Cayeron derrotados por el cansancio. Tan solo la ternura quedaba en esos instantes. Los tótems volvieron al interior, separándose, escondiéndose. Llegaba la relajación, las dulces y tiernas miradas, las caricias más inocentes.
Los dos sentían que había sido algo realmente especial, algo único, pero ninguno se atrevió a decirlo. No pronunciaron ninguna palabra para no estropear ese momento. Simplemente en silencio se abrazaban mientras hablaban con sus miradas y con sus tiernas caricias.
Quizás nunca más volverían a repetir un momento así. Habían descubierto algo, el uno del otro, que les hacía temblar solo con pensarlo. Les aterrorizaba perder ese control. Ahora el guerrero, después de muchos años, conocía que era la pasión y sabía cual era su objetivo en la vida. Disfrutar el placer de sentirse vivo.
Capítulo 4 - La Trama / La Trampa

"No pronunciaron ninguna palabra para no estropear ese momento" (Creo q debería aplicarme el cuento...) aunque tengo el pequeño vicio de no estarme nunca calladita...
ResponderEliminarEs indescriptible la sensación q tengo después de haber leído este capítulo. Las manos me tiemblan y en lo más interior de mí aun susurra un leve cosquilleo.
Nunca imaginé que se pudiera narrar de una manera tan descriptible a la par que fantasiosa. Sentir como cada una de tus palabras se adentra en mi interior rebuscando un leve tintineo, esperando una simple caricia de mi dulce lujuria.
Prefiero no imaginar más, y sentir q me susurras este cuento mientras, en lo más adentro de mí, mi inocencia me envuelve, y me lleva al país de los sueños, en donde todo es posible... aunque, desgraciadamente, siempre tiene su fin.
Espero q no te importe q mi huella sea anónima, no veo necesidad alguna en escribir mi nombre escondido en un simple seudónimo...
ResponderEliminarQ descanses, querido Guerrero, hoy lo necesitas más q nunca. ;-D
POR UN ERROR DE CODIGO, FALTABA ESTA PARTE DE LA LEYENDA:
ResponderEliminarEra la leyenda que explicaban sus antepasados. Hablaba de un guerrero, como él. Cansado de luchar, que solo buscaba conseguir suficientes tierras y dinero para empezar una vida más relajada. Deseaba formar un hogar, una estabilidad emocional por parte de una pareja acorde a sus creencias, tener descendencia, enseñar y educar a sus hijos y pasar el resto de su vida con una sola mujer. Pero para todo esto necesitaba primero tener esas tierras, ese dinero y sobre todo lo más difícil, una mujer especial. Una que le valorara tanto que le hiciera sentirse único, sentirse libre, que le diera la confianza para ser una buena madre, con personalidad fuerte para afrontar todos los problemas que trae la vida... No le gustaban las princesas que no han tenido que luchar en esta dura vida, carecían de esa personalidad, siempre lo habían obtenido todo de forma fácil . El guerrero sabía que quería exactamente y sabía que no se juntaría con cualquiera. A la vez necesitaba sentir la libertad de esa persona para saber que en todo momento le escogía a él, eso le haría sentir especial, único, el mejor y eso precisamente le trataría de hacer sentir a ella cuando la encontrase."
PS:Claro que no me importan los anonimatos, creo en la libertad. ;-)
me parece increible de que exista alguien, un chico con esa clase de sentimientos escondidos, me parece increible y fantastico... enserio casi no te conozco pero me sorprendes... el exterior de un chico duro y un fondo sumamente tan sentimental jeje y eso de que el guerrero se juntaria con alguien q le hiciera sentir unico y especial me parece que eso lo necesitamos todos y es bastante dificil de encontrar sa.. todos tenemos parte de ese guerrero...esta muy claro que para empezar algo y que salga bien tiene que estar encima de unos buenos cimientos para que no se derrumben a la primera de cambio.
ResponderEliminarEs inquietante pero a la vez placentero el hecho de leer tu historia o tu "cuento" y meterte en el papel de la dama blanca, hace sentirte especial, la unica, pero se que todas no tenemos ese algo que le hace tan especial pero gracias ati y a tu historia en nuestro interior nos sentimos como ella por unos minutos que dura leer el cuento jeje gracias por explicarnos y enseñarnos tus experiencias es todo un placer el poder aprender de alguien tan especial! un beso y seguire leyendo para encerrarme en mi mundo y olvidarme de el resto, para sentirme bien por estos instantes..besos